Algunos textos de Juan Barco













Falso Prólogo



A modo de prólogo un precioso recuerdo de Juan José Sánchez Gómez “El Timbalero” a la figura de Juan Barco.



RECUERDOS DE UN REPORTER 

(José Sánchez Gómez “El Timbalero”) 



SILUETAS DE PERIODISTAS SALMANTINOS DE OTRAS ÉPOCAS Y OTROS TIEMPOS 




JUAN BARCO 



Yo le conocí vistiendo impecable chaquet negro, pantalones de listas oscuras, estrechos y bien planchados, chaleco de fantasía, alto cuello de pajaritas, un plastrón enorme sobre la pechera, un bastón ligero y un pequeño hongo... Venía de Francia. Barco era un periodista formidable, y, sobre todo, un prosista estupendo. Su prosa era limpia, clara, jugosa, clásica, perfecta. No siendo en su niñez y en sus años mozos, más que relojero, fue un escritor admirable: uno de los mejores periodistas, acaso el mejor que ha producido Salamanca. 

La vida de este hombre extraordinario, que un día, no hace muchos, quedó muerto al entrar en un café madrileño, fue una vida singular, fantástica, sorprendente, que tuvo de todo: de drama, de tragedia, de venturas, de esplendideces, de dolores y de alegrías. 

Este hombre vivió la mayor parte de su vida fuera de Salamanca. Y a Salamanca la quería, como a aquel hijito que se le murió en flor. Sin ser visto por nadie. Barco, a lo mejor, llegaba una noche en el tren, desde Bélgica, desde París, desde Madrid, desde Barcelona. Ponía el pie en el andén de la estación y echaba a andar hacia la ciudad, sólo, como el forastero desconocido. Y se pasaba toda la noche recorriendo las calles, gozando de su Salamanca, fe creando y bañando su espíritu ante la casa en que nació, ante el portalillo donde componía relojes, ante la casa donde vivió con su primera mujer y su hijo, ante la plazuela donde corrió de niño, ante la puerta del colegio donde aprendió a leer... Y apenas salía el sol. Barco tornaba hacia la estación, se metía en el primer tren que arrancaba y volvía a alejarse de Salamanca. 

Yo era un niño cuando le conocí. Visitaba la redacción de EL ADELANTO, con el maestro Unamuno, con Luis Maldonado, con Cándido Pinilla, con todos los escritores de aquella época. Volví a verle otras varias veces, pero hubiera sido igual, que no le hubiese vuelto a ver: aquel hombre no se me borró nunca; le tenía siempre vivo en mi imaginación y en mi recuerdo. Indudablemente, debió de ejercer sobre mí una influencia definitiva, yo no sé por qué, pero ciertamente aquel hombre, en su andar menudo, en sus claros ojos, en su frente alta y despejada, tenía algo de extraordinario para mí. Y ahora me doy cuenta de que todo aquello que yo veía en él de extraordinario eran su palabra y su pluma, era su talento, era su recia personalidad de periodista. 

Y aquel formidable escritor, que por donde quiera que iba dejaba la huella de su pluma, derramaba también trozos y jirones de su vida. Cuando se le murió el único hijo que tuvo. Barco, con la esposa, viajaba con el caballito de cartón, y el carrito de madera y el tren de hojadelata, con los que jugaba el niño. Aquellos juguetes eran su propio hijo. Y aquellos paseos nocturnos por la ciudad, por las callejas de la Catedral y de la Universidad, por los barrios de San Román y de San Cristóbal, por el Campo de San Francisco y por la calle de las Úrsula, eran el recuerdo íntimo de su vida de niño y de mozo. 

Vivió muchos años en París. No fue más que periodista. Y escribió en Paris, y envió crónicas al "El Imparcial", y fue redactor de este diario y de "El liberal", y fundó en Salamanca "El Noticiero Salmantino". Y en estos periódicos, como en EL ADELANTO y en tantos otros más, está desperdigada la obra de este escritor salmantino. 

Barco fue, por último, director de "Las Noticias", de Barcelona. Allí casi acabó sus días profesionales. Cuando Unamuno le decía; — Pero ¿qué hace usted, que no escribe nada? — Barco le replicaba: — ¡Ah no señor! Yo no escribo una línea. Esa ha sido la condición que impuse para ocupar la dirección de "Las Noticias"... 

Y tenía razón Basta el cargo de director, basta la obra de dirigir, de encauzar, de orientar, de corregir, de ordenar, de estar al tanto de todo, para ser director de un periódico. Un director no suele escribir. Y él, no escribía nunca... después de haber escrito tanto y tan maravillosamente... 

Cuando ha muerto este hombre tan interesante y tan extraordinario — tanto como aquella crónica ejemplar "Días de lluvia", días de otoño en el campo castellano, que aún recuerdo con la frescura de su misma limpia y clara prosa — el maestro Unamuno preguntó a uno de sus familiares qué había sido de los papeles que indudablemente conservaría y tendría amontonados. Ignoro la respuesta. Pero el señor Unamuno, gran amigo de Barco, puede hacer de la vida y de la obra de este hombre un libro magnífico. 



José Sánchez Gómez “El Timbalero”











Textos de Juan Barco 






Campos de Castilla




VARIEDADES 

De la última hoja de Los lunes de El Imparcial trascribimos el siguiente bellísimo artículo, debido a la brillante pluma de nuestro distinguido paisano D. Juan Barco: 



Campos de Castilla 

¡Cosa más rara...! Conocí yo a un rapaz que allá en su tierra, nada deleitosa ciertamente, se consideraba el ser más desdichado del mundo; ¡y quizá no sin razón, que tales eran las penas que le atormentaban y las mortificaciones que desgarraban su todavía fresca epidermis! Un cascajoso y sucio arroyuelo le atraía en sus paseos solitarios, y a la vera de aquél se sentaba frecuentemente, no a contarle sus cuitas cual habría hecho un poeta meloso o hipocondriaco, sino a soñar con mejores tiempos y a preguntarse a sí mismo si con sus veintitrés años ¡collar de estrellas! habría de renunciará un porvenir lisonjero, podado de desgracias y de incertidumbres. El tiempo se encargó de contestarle negativamente, llevándole a gustar felicidades lejos de su tierra, a población lindísima asentada a orillas del Atlántico. Yo le escribí, bien me acuerdo, felicitándole por tan ventajoso cambio, y al final de mi carta, entre admiraciones, le decía que me hablara del mar. 

— ¡El mar, el mar! — me contestaba. — ¡Sí, es muy hermoso, es muy grande, es sublime, pero. . . y el arroyo!-- De igual manera, aún en los más prósperos días, tenemos todos en el fondo del alma nostalgias incomprensibles. Y es que la poesía, el arte, no los percibimos sino de lejos y solo con el imborrable recuerdo. Parece como que vamos dejando por donde pasamos algo de nuestro ser, de nuestra esencia, y que nos llama después, haciéndonos volver la cabeza o infundiéndonos el doloroso deliquio de la nostalgia. Cuando esto nos sucede, los paisajes pelados y sombríos se tornan— en nuestra imaginación— espléndidos y verdosos; la opacidad se convierte en luz. . . ¿qué más?... las mismas piedras del suelo natal, desprovistas de toda belleza; aquéllas sobre las cuales rechinaba nuestra ira o paseábamos nuestro infortunio, nos hablan lenguaje misterioso, reviven en la imaginación, toman formas fantásticas; y si por acaso los vientos os llevan de nuevo a columbrarlas, a su vista recibiréis consuelo como a la de un compañero querido. Más que eso todavía: las adivinareis. . . «Aquí, a la vuelta, estará la pizarra grande; más allá encontraré los lustrosos chinarros; torciendo a la derecha, el pollo de granito; un poco más lejos, los sillares de la vetusta iglesia y en las hendiduras el perenne musgo. . . » Y si el ornato pasó por aquellos lugares y arrancó el musgo, picó el sillar, labró el granito, sustituyó el guijarro o pulió la pizarra, entonces, ¡oh, entonces sí que os parecerá que una mano aleve os ha arrancado algo que nos pertenecía!... 



¡Campos de Castilla, tan desdeñados por todos los poetas! ¡Solitarios campos de mi pueblo, sin frondas, sin arroyos murmuradores, sin plateadas rías, sin perfumados cármenes.. tenéis tanta poesía como los parajes más encantadores! Nadie os visitó para describiros; los pinceles no se han mojado para copiar vuestros eriales; el tinte aborregado de vuestro cielo y el negro pardusco de vuestra tierra, no inspiran a la escuela colorista, que necesita azules y bermellones para sentir, como el gourmet aperitivos para gustar; el terrón removido exhala perfumes que no percibe el olfato saturado de opopánax, las nieblas que flotan ras del suelo son las únicas que os acarician; el monótono ritmo del gañán que en solitaria tierra abre el surco cara al Sol, es el único que os canta... ¡Mejor!... Goce yo de esa virginidad eternamente, en tanto que otros se extasían con la impúdica vega granadina, con los lujuriosos paisajes gallegos o con los sobados montes y valles de la Vasconia. Ni quiero sol que me alumbre, ni caravana alegre que me acompañe. Un cielo aborregado, luz de crepúsculo, y ambiente frío. Quédese el potro andaluz para caracolear en los feriales, y denme a mí la mula rabicortona de poderosos cascos, de ancas anchurosas y de velludas patas que recuerden su origen rocinesco. El poncho es bueno, pero prefiero la pesada capa de paño de garrobilla que se extienda como miriñaque, cubriendo a la mula desde el rabo al cuello... Y así, embutidos los pies en los estribos de madera, la cabeza cubierta con el sombrero de fieltro gordo y rebujada la cara en el embozo de fina bayeta verde cruzada por líneas negras, recorreré mis campos, los campos de Castilla, viendo cómo de la tierra desnuda surgen la poesía y el arte... 

Aquí está el pedregoso sendero que conduce a la alquería, tendido entre montículos y hondonadas, y cubierto a trechos de pizarras sobre las que dejó la escarcha un polvillo brillante donde resbala el casco de la mula, arrancando chispas al hielo; la tierra de barbecho que todavía muestra su fecundidad en los cortos tallos de paja blancuzca y dura; la otra tierra, recién arada y trastornada, que encierra ya la semilla y la calienta amorosamente, tornándola lechosa, para que al primer rayo de sol brote al viento convertida en menuda hierbecilla. . . 

No se distingue un ser viviente en el camino. Tan solo a derecha o izquierda, por dónde van los postes telegráficos, se posa de cuando en cuando sobre el alambre alguna avecilla que mueve incesantemente su diminuta cola, o bien en el lejano y cuasi yermo prado se ve un montoncillo de blancas ovejas, que se juntan prestándose mutuamente calor contra el helado cierzo. Allí, al lado de ellas, si se divisa al zagal, que cubre pecho y espalda con pellicos que aparentan forma de casulla mermada que le llega solo basta la cintura. Tiene las piernas embutidas en apretado calzón de paño pardo, y sus abarcas de cuero semejan en la punta al mefistofélico zapato. Ni pulsa el rabel, ni piensa en su Amarilis ideando estrofas con que regalarla. Solo entretiene sus ocios soplándose las uñas para ahuyentar el frío que le engaraña, o silba monótona canción mientras llega el muchacho con el cuenco del humeante condumio. Sigo avanzando, y lejos, muy lejos, distingo en la hondonada un haz de casas, ni blancas ni negras, del color de la suela, y en medio de ellas, como el zagal entre las ovejas, la espadaña de la torre. El silencio es sepulcral. El cielo parece cubierto con pelmazos de algodón en rama sucio. La mula sube y baja por las arrugas del terreno, mirando para él con los tristones ojos y arrojando por las narices vaho espeso. Paso al lado del pañero que sentado a mujeriegas sobre la manta de listas encarnadas y negras con que cubre la preñada carga que soporta el macho, liando un cigarrillo, me contesta invariablemente a la pregunta de 

— ¿A dónde se va?. . . 

— A Tamames. . . 

Ya anochece. La niebla baja a la tierra para cubrirla con su amoroso manto. El ladrido prolongado del mastín me indica que está cerca la alquería; y allí veo ya, si, la casa enjalbegada, con su rojo portón de dos hojas. El tronco, rodeado de menuda paja, arderá en la cocina, donde me sentaré, bajo la ancha campana de la chimenea, a calentar los ateridos miembros. Sobre el fuego penderá de las llares el caldero renegrido, y en derredor del rescoldo se apiñarán los ventrudos pucheros, que, al hervir, parece que murmuran de la lumbre, contestándoles ésta burlonamente con alegre y continuado chisporroteo. La silueta terrosa del mozo que va al establo, pasa rozando las tapias de la casa, se pierde entre las sombras y sólo a lo lejos se le oye contar en tono menor y extraña melodía, que tiene algo de las suaves ondulaciones del terreno, esta casi amorosa e incongruente copla: 

Como estás solita en la cama 
Yo soy tu dueño, 
Tú eres mi dama . . . 
Yo bien te entiendo 
Las maturrangas 
¡Cotorra!... 
¡Caitana! 

¡Campos de Castilla, tan desdeñados por todos los poetas! ¡Solitarios campos de mi pueblo, sin frondas, sin arroyos murmuradores, sin plateadas rías, sin perfumados cármenes! . . . ¿Qué poesía puede compararse con la triste poesía de vuestras soledades? 



Juan BARCO







Desde la sierra





Te lo decía yo, amigo Eduardo, paseando la otra tarde por las afueras de nuestra ciudad vetusta: uno de los temas para el próximo Certamen que más utilidad hubiera reportado a Salamanca y su provincia, habría sido el encaminado a estudiar concienzudamente las industrias, grandes o pequeñas, que puedan establecerse en este pedazo de tierra que nos es a todos tan querido. 

Digna de los mayores elogios me parece la celebración del Certamen, y festejo es, si festejo puede llamarse, que no debe ser olvidado en las ferias sucesivas; pero antójaseme que vosotros, a quienes corresponden las iniciativas de este género, debéis tomaros largos plazos para desarrollarlas en la dirección utilitaria que a todos conviene. 

Perdonadme, los que habéis puesto mano en el Certamen, si me atrevo a hacer ligeras indicciones que no son, ni mucho menos, censuras al presente, sino humildes observaciones para los futuros. Observaciones que están seguramente en vuestra memoria, y que si este año no las habéis tenido en cuenta, culpa es tan solo de las premuras con que habéis confeccionado el programa de esa solemnidad, la más hermosa de nuestros festejos. 

En casi todas las provincias españolas se ha desarrollado, de algunos años a esta parte, verdadera manía por los Certámenes, imitando costumbres de los pueblos lemosines, que a su vez no han hecho otra cosa que resucitar las justas de los antiguos trovadores. Aún en aquellos pueblos que tienen o pretenden tener literatura propia, comprendo yo que se aliente a los cultivadores de la galla sciencia, para que con sus rimas pulan y abrillanten el idioma o dialecto que le es propio. 

Los Jols florals de Cataluña y Valencia, y sus similares de Galicia y las Vascongadas, si son para mí, castellano, merecedores de censura en cuanto suponen gérmenes regionalistas, atentatorios en más o en menos, a la unidad e integridad de la Patria española, tienen alguna justificación puesto que en el fondo representan algo así como la lucha por la existencia, el struggle for life de los ingleses que alienta en todos los seres organizados; son verdaderos chispazos contra la hegemonía de Castilla. Tengamos para ellos la consideración que se merecen, pero no los imitemos ni en poco ni en mucho, porque nuestros pueblos, ni marchan en pos de ciertos ideales ni están tampoco para perder su tiempo y sus fuerzas con cosas baladíes. 

Pasando yo ayer por la era de este lugar, me paré a hablar con un trabajador del campo, que estaba disponiendo la parva para la limpia. 

— ¿Qué tal de cosecha? -le pregunté. 

— Mal, señor. El año pasao cogí veinticuatro fanegas de trigo, y ogaño se queda por la metá. Luego, vea usted; los trigos están sollamaos . . . De garbanzos no hay que hablar; ha sido un año muy perdió... Este pueblo es muy mísere y con deficultá si sacamos para los pagos... 

Tentado estuve por levantar los brazos a guisa de misionero y gritarle para que se consolase: 

— ¡No hay que apurarse, buen hombre! ¡Si el trigo está sollamao, si la cosecha es mísere, si no se han gozado los garbanzos y si los pagos se echan encima, en cambio los poetas de la capital se están dedicando estos días a toda prisa, como sombrereros en vísperas del Corpus, a hacer sonetos, leyendas y romances; y las gentes pensadoras se preocupan a la hora de esta en buscar las relaciones de la «escuela nominalista con el criterio católico»... 

No pretendo con esto censurar a los que generosamente han cedido crecidas sumas para premios del Certamen y han señalado temas poéticos o temas de alta sabiduría. 

Dios se lo pague a todos con creces; pero si para el año próximo eligiesen materias de actualidad, de verdadera trascendencia, de utilidad innegable; puntos de estudio, por ejemplo, sobre las zonas mineras de esta provincia y medios de explotarlas; sobre nuestra riqueza vinícola, sobre el mejoramiento de nuestros caldos y su exportación más ventajosa, sobre las variaciones que deben introducirse en nuestros cultivos, sobre las industrias que pueden relacionarse con nuestra agricultura, sobre zootecnia, para que nuestros ganados sean preferidos en los mercados, etc., etc... ¡Oh, si algo de esto hiciesen, no solo Dios se lo pagaría sino la provincia toda habría de agradecérselo! 

Los hijos o hijastros de las musas, torcerán el gesto y les parecerá profanación horrenda que prefiera un buen estudio sobre la alimentación del ganado a dos docenas bien cumplidas de sonetos: quizá saquen a la colada aquello de que «lo bello es tan útil como lo útil,» que dijo Víctor Hugo; acaso apelen al maestro Horacio para repetirnos el sobajeado utile et dulce. .. 

Pero no les hagas caso, amigo Eduardo; y si tu transigencia es tanta, que quieres darles gusto, hazles que escriban sobre agricultura o sobre la industria de la jarabería, que creo yo que en algunos puntos de nuestra provincia podría establecerse con ventajas. 

¡Me parece que cosas más dulces y más útiles que las citadas! ... 

Pero observo, y lo observo con pena, que poco espacio me queda ya para hablar en esta carta de este país en que me hallo. 

El camino que he recorrido para llegar aquí, mitad en ferrocarril, mitad en caballería, me ha parecido delicioso. ¡Hacía tanto tiempo que no veía yo estos campos, que cantó, no sé quién, en prosa desdichada! … 

Y, no creas, a pesar de lo que he dicho más arriba de los poetas, también tengo yo mi alma en mi armario, y también me extasío y me conmuevo con la triste poesía de estas soledades, que dijo el otro. 

Algo han cambiado de aspecto los pueblos de nuestra provincia por donde el ferrocarril pasa; pero falta mucho, confesémoslo, para que aquéllos aprovechen todas las ventajas de las vías férreas. Hasta la fecha puede decirse que no han experimentado sino desventajas, porque no ha desaparecido el desnivel entre aquel supremo adelanto y el atraso en que los pueblos se encuentran. La baratura y prontitud de los arrastres, que hacen fácil la competencia en los mercados, apuradamente si las han presentido. 

Aquí, en la serranía sobre todo, oyen el silbido de la locomotora que retumba de montaña en montaña y de risco en risco, y parece como que los despierta y llama para que entren en el universal concierto de la producción y del trabajo. Los pueblos se desperezan y hacen esfuerzos por acudir al llamamiento, pero todo inútil; antes de llegar allí, donde les cita el estridente grito del locomóvil, caen rendidos y ensangrentados entre los pedruscos de sus abruptos senderos. 

La Sierra, es de nuestra provincia la región que encierra de riqueza mayores gérmenes; pero éstos no podrán desarrollarse espléndidamente en tanto los ferrocarriles no toquen a las puertas mismas de los pueblos de la serranía, o por lo menos hasta que, ya que no caminos de hierro, tengan siquiera carreteras y caminos vecinales. 

Delante de mí expresaba ayer un vecino de este pueblo los anhelos que siente porque llegue el día en que la Sierra se vea cruzada por multitud de vías férreas, cuando un su interlocutor díjole socarronamente, al propio tiempo que se echaba mano a la oreja para rascársela: 

— Déjate, hombre; déjate que haya otra vez elecciones, y ya nos volverán a hablar de ferrocarriles!.... 

Sátira finísima la de aquel aldeano, más expresiva que cuantos artículos pudiéramos hacer sobre la representación en Cortes al uso. 

Aquí, en efecto, no hay candidato que no les discursee, y que no les prometa el oro y el moro, como suele decirse. Si todas las promesas o la mitad de ellas se hubiesen cumplido, no habría en el orbe, ni fuera del orbe, país más venturoso; yo creo que en tal caso, hasta la Media fanega, estaría convertido en puerto de mar; la Quilama en palacio más suntuoso que la célebre cueva de Montesinos, según la imaginaron los soñadores ojos de D. Quijote, y Miranda o Sequeros en emporios que dejasen tamañito a los de Nínive y Babilonia. 

Pero hijo, después de haber pasado la Diputación a Cortes por tantas manos, podremos aplicar a la Sierra el título de una comedia de nuestro teatro antiguo: Peor está, que estaba. 

Y si no peor, lo mismo, con corta diferencia. 

Ayer tarde subí a Pico Cervero; a la mismísima punta del pico, desde donde, como dicen algunas gentes de Escurial, se ven los chupiteles de la Catedral de Salamanca. 

Yo no he estado en las cumbres del Tibi-dabo; pero juro que también puede fingir la fantasía que en las alturas del Cervero fue desde dónde tentó el demonio a Jesucristo hasta tres veces. 

Es tentador, en efecto, el paisaje grandioso que desde tales alturas se descubre. Desde las casas de la industriosa Béjar, hasta las torres de Salamanca, toda o casi toda nuestra provincia se divisa, y parte de la de Cáceres, al llegar a la cima del gigantesco vigilante, que quizá traiga rastros etimológicos del nombre de aquel perro que vigilaba también en las entradas de la laguna Stigia. 

A la bajada del monte pude enterarme de qué lo único que en él se explota es la mina de cal. Allí hay construidos algunos hornos de forma primitiva, y de allí sacan, después de veinte o treinta días de trabajo, una carretada de cal que venden en Salamanca por noventa o cien reales a lo sumo. 

Y no es esa la más negra, como decía el gitano del cuento, sino que lo peor del caso es que para obtener tan soberbios rendimientos, se exponen estas, pobres gentes, bien a los peligros que lleva siempre el manejo de la pólvora o la dinamita, bien a perder un carro o una res por aquellos horribles senderos de cabras. 

Si yo tuviese alguna influencia con nuestros diputados provinciales, me atrevería a pedirles, por Dios y por todos los santos, el arreglo de este camino. Al precio que están aquí los jornales, yo creo que con poco más de mil pesetas quedaría transitable; y ya que nadie les ayude a explotar otras riquezas que quizá se encierren en las entrañas de esta cordillera, tiéndaseles una mano para que puedan continuar ganando algunas pesetas con esa tan mermada industria de las caleras. 

¡Y qué escamadas viven, y con cuánta razón, estas pobres gentes! 

En cuanto ven por aquí a alguno con pantalón y sombrero hongo, le miran con malicia, porque se figuran que a algo viene que se relacione con las elecciones. 

Al lamentarme yo hoy ante un corro de aldeanos del abandono en que el distrito se encuentra y de la falta de carreteras y caminos, me interrumpió un Licurgo con zajones: 

— Pues no crea usted, eso mismo nos lo han dicho todos los que querían ser diputados, y después que lo fueron, si te vi no me acuerdo. 

El hombre se figuró, sin duda, que tras de mis palabras había ciertas ambiciones más o menos remotas; y es que no comprenden que pueda uno interesarse por ellos como no sea para explotarlos. ¡Los han engañado tantas veces y se han hecho tantas posiciones con promesas jamás realizadas! 

Y algo, indudablemente, podemos hacer nosotros por estos pueblos, amigo Eduardo, con el mayor desinterés, desde nuestra modesta esfera de periodistas militantes. Podemos, aunque no sea más, llamar la atención de nuestros conterráneos hacía estos pueblos que necesitan primero que nada ser conocidos, para después ser admirados por sus riquezas y por sus excelentes condiciones para toda industria. 

No sé si me engañaré, pero tengo el presentimiento de que el porvenir de nuestra provincia se halla en estos montes vírgenes y en estos deliciosos desconocidos valles. 

Yo, por de pronto, y valga por lo que valiere, propongo que entre varias personas de nuestra ciudad, de reconocida ilustración, se organicen excursiones de recreo a la Sierra, que tengan algo así como de aspecto artístico, algo también de tinte científico, y hasta si se desea mucho, de carácter venatorio, pero sin dejar por esto relegados aquellos extremos. 

Es seguro que en Salamanca habrá doce o más hombres de corazón que se atreverán a venir por quince o veinte días, en tiempo a propósito, a visitar este país, a recorrer sus montañas, husmeando a la par que la caza vestigios de pasadas civilizaciones, y junto con esto, riquezas minerales é hidrográficas, que de seguro abundan en las entrañas de esta abrupta tierra. 

Ellos, nuestros touristes provistos de lámparas Davisson, de escalas, y de todos los instrumentos científico-recreativos que fuesen necesarios, podrían bajar a la misteriosa cueva de Quilama y decirnos luego qué ha sido en tiempos ese antro que hoy sólo sirve para poner pavor en el ánimo de nuestros campesinos; si fué un foco minero de tiempo de los romanos, como opina D. Amalio Gil Sanz en su Memoria sobre la provincia de Salamanca, que nos digan qué mineral pudo ser allí explotado y si agotaron los filones aquellos señores de la tierra. 

Ellos, nuestros touristes, pueden recoger las tradiciones que sirven a veces de guía para explorar terrenos y dar con riquezas artísticas de primer orden; ellos, en fin, dirigidos por personas tan competentes como D. Joaquín María Pastors y el mismo D. Amalio Gil Sanz antes citado (ambos sin carácter oficial, se entiende), a quienes me permito citar para esta empresa, realizarían misión altamente patriótica, pues cuando menos se vería el interés que a la capital inspira este partido que para ella debe ser hijo predilecto. 

Si tal pensamiento, olvidada que sea la humildad de su origen, fuese realizado, yo pediría ser honrado con una modesta segunda o tercera plaza de cronista del viaje. 



Tuyo afectísimo amigo, 



Juan BARCO. 

Escurial de la Sierra, 23 Agosto 1889. 










¡Oh, Dios mío, qué prodigio!




Si sois dilettanti y os es familiar la música religiosa y habéis, además, estudiado a los maestros españoles, no desconoceréis el nombre de Doyagüe. Aquí trajeron sus cenizas cuando quisimos parodiar en San Francisco el Panteón de Santa Genoveva; y a su tierra, Salamanca, se las llevaron de nuevo, antes que se perdiesen del todo en el hacinamiento de cajones que, bajo aquellas bóvedas, encerraban los restos de maestros inmortales. 

¡Oh, y qué maravillas cuentan de aquel maestro insigne sus paisanos! Vino a Madrid en cierta ocasión a dirigir la capilla de Palacio y pasmó -¡que fue pasmar!- a Fernando VII. Las misas que dejó escritas son innumerables: la de Réquiem es un portento; su Te Deum grande un prodigio; su Miserere causa verdadero pavor…Hasta murió como mueren –y quizá viven- los genios: loco. En sus postreros instantes cuentan que en el lecho se entretenía en ensuciar las paredes con las materias que tenía a su alcance. Otro afamado músico, D. Francisco Olivares, fue a visitarle a tiempo que ya expiraba aquel peregrino ingenio. Junto a la alcoba tenía Doyagüe su clavicordio y Olivares, para ver el efecto que podía hacer aún la música en su desgraciado amigo, pasó las manos por el teclado, de modo que se produjeran sonidos discordantes. Doyagüe movió el rostro hacia donde se oía música tan infernal y expresó con gestos su profundo disgusto. En cambio, cuando Olivares arrancó al instrumento combinaciones dulcísimos, quizás creadas por el moribundo, éste abrió por última vez los ojos y así expiró, recreándose en las armonías celestiales que llegaban a sus oídos… 

¡Si cuentan y no acaban aquellos salmantinos, enamoradotes, como el pueblo que más, de sus hombres y de su tierra! 



La fabula también ha hecho presa en el nombre de Doyagüe y al buen presbítero –por fin clérigo era- ha intentado convertirlo en ente fantástico, con pasiones volcánicas, trasunto de Claudio Frollo, pero mejor que éste, porque supo encontrar en el misticismo apaciguamiento a las luchas de su espíritu, y en la música salida de sus arrebatos de poeta. ¡Cosas de poetas también! 

El cabildo catedral de la ciudad ilustre guarda en sus archivos, como joyas de valor inestimable, las obras de Doyagüe, pero no es tan egoísta que no permita con cierta orgullosa complacencia que los maestros de capilla las examinen para que en ellas aprendan y para que de entre ellas elijan también las que deben ejecutarse cuando, según expresión del pueblo, repican gordo. 

Hace algunos años desempeñaba el cargo de maestro de capilla en la catedral salmanticense un ilustrado músico, excelente amigo mío. Fui a visitarle a su casa una tarde acompañado por otro amigo de ambos y nos recibió, como siempre, en su despacho; despacho de cura y de músico, en el que no faltaba el crucifijo sobre la enjalbegada pared, ni sobre los colorados ladrillos el armonium atestado de obras musicales. 

Habíamos comenzado apenas la conversación cuando llegó otra visita de menos confianza para el maestro que la nuestra. Salió D. Antonio, que así se llamaba nuestro amigo, a recibir al nuevo visitante y quedamos solos en el despacho. Aficionados nosotros a la música, comenzamos a revolverle los papelotes que tenía sobre el armonium, y entre ellos nos llamó extraordinariamente la atención un cuaderno que contenía, a lo más, tres o cuatro pliegos de pauta, atados en cruz con cinta de balduque. En la portada y debajo de las cintas leímos escritas con lápiz azul estas misteriosas palabras:”¡Oh, Dios mío, qué prodigio!...” 

Nos miramos mi amigo y yo, y movidos por igual pensamiento alzamos el pico de la primera hoja para ver el nombre del autor de aquel ya para nosotros indudable portento. Era de Doyagüe. Sí, allí estaba escrito en una punta, el nombre glorioso del gran músico, de su puño y letra sin duda, a juzgar por el tiempo que acusaba por el enrojecimiento de la tinta. 

No nos atrevimos a desatar el cuaderno, contentándonos con darle vueltas entre las manos, mirándolo y remirándolo con asombrados ojos. La letra de aquella rotulata puesta en la portada era de D. Antonio. ¡Oh, sí, era de nuestro buen amigo; la conocíamos muy bien!... 

¡Y aquí el vagar de nuestra fantasía! Qué tal prodigio será éste, nos dijimos, cuando el maestro, en un arrebato de entusiasmo, anonadado quizás por las grandezas que se encerraban en aquellos pentagramas, había expresado admiración tan honda como la indicada en las cinco palabras de azulados trazos. 

Todas las grandezas de la música de Doyagüe, por nosotros muy conocida y admirada, vinieron en tropel a nuestra imaginación, como evocadas por la maravillosa partitura que teníamos en las manos. Allí fue el recordar aquel Te gloriosus apostolorum, canto plácido y regocijado hecho para boca de querubines, del Tedeum gran (sic) del maestro, y la fuga de la misma portentosa obra que en olas de armonía lleva al trono del Altísimo las alabanzas a través de coros, nominaciones y potestados. 

Allí fue el repetir mentalmente y hasta sotto voce frases del majestuoso Miserere, ritmos como el célebre del Plorans ploravit in notte…de las Lamentaciones, notas pavorosas y sublimes del Réquiem que parecen surgir de los profundos para increpar a Dios preguntándole: Et in inferno, ¿autem quis confitebitur tibi?… 





Todo, todo lo recordábamos, embriagándonos con las inspiraciones divinas del gran Doyagüe. Y por encima de todos nuestros recuerdos, más superior, más genial, más portentoso y sublime, parécenos que había de ser aquello que la temblorosa mano del maestro había calificado del prodigio. 

Volvíamos a pensar en la partitura desconocida y nos forjábamos escenas casi fantásticas. 

Veíamos al maestro, a D. Antonio, en la soledad de la noche y de su estudio, sentado ante el armonium, con los ojos fijos en la obra de Doyagüe, colocada en el atril y recorriendo con sus dedos, embebido, las amarillentas teclas. Le veíamos repetir mil y mil veces la prodigiosa obra, y cuando ya aprendida, echar atrás sobre el asiento, el cuerpo, rígidos los brazos, la cabeza volcada sobre la nuca y los ojos fijos en el techo, preñados de lágrimas arrancadas por inefable deliquio. 

Así comprendíamos que la mano de nuestro amigo hubiese después trazado aquel ¡OH DIOS MÍO, QUÉ PRODIGIO!, que no se apartaba de nuestros ojos. 

Entró al poco rato el maestro en su despacho y con verdadera ansiedad le preguntamos: Maestro, ¿qué obra es ésta? –esperando que su contestación aumentase todos nuestros entusiasmos. 

Eso –contestó cogiendo el cuaderno y arrojándolo con desdén sobre una silla- Eso es lo peorcito que salió de la pluma de Doyagüe. 

¡Cómo! –le interrumpimos a un tiempo no dando crédito a sus palabras.- ¡Pues no indica eso el rótulo que ha puesto usted sobre la cubierta! –añadimos un tanto amostazados. 

No hay tal cosa –replicó el maestro sonriéndose.- Esto es un motete, prosiguió cogiendo el cuaderno, y en la línea que ustedes han leído escrita por mí, no es más que el principio de la letra del motete…Lo ven ustedes? –dijo desatando el cuaderno y mostrándonos la primera hoja.- Así empieza: 

¡Oh Dios mío, qué prodigio!...Vale bien poco…La letra y la música corren parejas. 

Juan Barco 











El Herradero

(Campos de Castilla) 






Pertenece este bellísimo artículo que reproducimos de La Ilustración Ibérica, de Barcelona, 4 la colección que su autor, nuestro distinguido paisano y amigo, prepara con el titulo general de Campos de Castilla. (N. de la R) 






Ya está en las trojes el grano y ya han vuelto de la capital los carros que llevaron sacos repletos de rubión con que pagar el precio de la tierra arrendada. 

Terminó la faena. Su resultado ¡bendito sea Dios! ha sido mejor qué se esperaba. El trigo rebosa en las paneras, y con dificultad habrá sitio donde meterlo si las creces son buenas. De centeno y cebada hay pa él y pa ella. Los niazos, como ventrudos centinelas alrededor de la casa, guardan ya el heno que ha de rumiar el ganado en el próximo invierno. Las mozas han enjalbegado el portal, que segadores y trilliques dejaron hecho una lástima, y han rebasado los frisos con escobillas mojadas en disoluciones de bermellón, y han sacudido los techos, que estaban perdiditos de polvo, y han refregado hasta el umbral de la puerta, que buena falta tenía, y han puesto, en fin, en orden todo lo revuelto en aquel trajino del verano. 

Todavía andan los muchachos queriendo espigar en los surcos. 

— ¡Concho con los nenes, que con tanto alampar capaces son de llevarse pa casa hasta la paja del barbecho! ¡Sí paecen mismamente gorriones, los condenados! ¡Cómo charlan criados y criadas mientras ellos recuentan los costales y los colocan en los arcones y ellas hacen los oficios como azacanas! 

— ¡Anda, gandul, que bien te divertiste en la Ciudad con el achaque de llevar la renta! 

— ¡Ni siquiá una pizca, candonga! ¡Si hubiá llevao dinero, recoino, no digo! Porque, aunque no sea señorito, el que tiene monises se pasea entre ellos. 

— ¡Y entre ellas! — interrumpe la moza observándole el gesto. 

— ¡Miá que ellas!... ¡Valientes miquinas, recoino! Quisián parecerse a ti en la color, — (y la mira la cara), — en el salero, — (y la mira el talle, sepultado en un promontorio de manteos).— -y en los fundamentos, — (y la mira a las pantorrillas que bajo el zagalejo se descubren) 

La charla sigue por tan idílicas trochas, viniendo a parar, si el amo está ausente, en un retozó qué no pasa nunca de un beso, con honores de mordisco, que le estampa el criado a la moza en el cuello túrgido y aterciopelado con finísimo vello. Queda arreglada la casa, los costales guardados, los aperos colgados en orden de las rústicas estacas que hacen los oficios de perchas. Las mozas sueltan el grueso picote y asean el palmito. Los mozos, por todo trabajo, se dedican a juntar el istiercol en los prismáticos muladares. Los perros aprovechan las rachas de sol, tumbados junto a los muros de la casa. Las reses de trabajo descansan en el prado inmediato mezcladas con los asnos y las yeguas, que andan, a saltos con las apeas en los zancajos. 

Ha llegado en tal tiempo él del herradero Se señala día; se da otra mano de limpieza a la casa para recibir dignamente a los huéspedes; trasmítense órdenes a los vaqueros para que junten en el monte vecino las vacas y los novillos y los toros que han de llevarse a la cerca; salen propios a las aldeas inmediatas a invitar de parte l’amo a las gentes; atáscanse aguadoras con perniles, y chorizos en ristras, y aves asadas por docenas, y fiambres rellenas de tasajos, y tortillas enormes en los bodigos rebanados por el molledo. 

Y, así preparado todo, poco después de anochecido se acuestan las gentes de la alquería para poder levantarse con estrellas. 

II 

No ha espabilado el gallo y ya está el ricacho en el portalón de la casa liando un cigarro con ayuda del cachicuerno. Enciende, en el candil de grasa colgado de la viga maestra, el pitillo, aproximándolo a la llama y retirándolo varias veces para que el papel no se corra; y, hechas estas operaciones, abre el portón, por donde penetra una ráfaga de vientecillo frío, y húmedo, y ponese de brazos a mirar el aspecto que presenta el día. 

Brillan aún las estrellas; pero hacia el horizonte va difuminándose el azul del cielo y presentando coloraciones trasparentes, en cuyo seno las reverberaciones de algún lucero semejan las de lejano faro de tranquila playa. Dentro de la casa se oyen ya los desperezos de los criados- que a los pocos momentos salen al portal restregándose los ojos y saludan al amo con las frases de siempre. 

— ¡Santos y buenos días nos de Dios! 

La faja blanquecina del horizonte se extiende hacia el cénit Los reflejos de los astros van apagándose, y hasta la luz del candil, antes rojiza, palidece. En la tierra desnuda, envuelta aún en sombras, se divisan los duros y cenicientos tallos del barbechó, y se desprende de ella un vahó blanquecino que le sirve de velo a los pudores de su reciente maternidad. 

Los perros, que han salido ya al campo, olfatean la tierra, y de repente alzan la cabeza y dan ladridos prolongados. Es el anuncio de que se aproximan gentes a la casa: las gentes de los pueblos vecinos invitadas, Las de la ciudad durmieron ya aquella noche en la alquería, y van levantándose perezosas y asomándose al portal, recelando del frio de la mañana. En un santiamén termínanse los preparativos. Fuera de la puerta, sobre los chinarros relucientes, esperan las caballerías aparejadas. El cura y los niños se colocan como pueden sobre los asnos, cargados ya con las aguaderas repletas de vituallas, y parten derechos al corral del herradero por el atajo. 

— ¡Arre! ¡Arre!— gritan los chiquillos con alegría. 

Y desparecen por la suave y pedregosa pendiente, oyéndose durante largo rato todavía e| incesante ¡arre! ¡arre! ¡arre! de los muchachuelos. 



III 

En un descampado del monte han hecho los vaqueros el rodeo, y allí están ellos, a caballo, con las ahijadas sobre los arzones, guardando las reses y aguardando a que lleguen los amos é invitados. 

Escúchase ya cercano el trotar de las bestias, y los toros levantan la cabeza, los chotos sueltan la ubre y las vacas lanzan mugidos prolongados. 

— ¡Pañuelo! ¡Pañuelo! — grita el vaquero a un toro que mosquea 

— ¡Ay, si voy, Castaña! dice otro a la vaca recelosa. Y a los gritos de ¡Tube! ¡Tube! ¡Tube! empiezan a acorralar al ganado, aturdido por la algarabía de las gentes que llegan, y lo encarrilan a galope violento por el medio del monte, guardando los flancos los vaqueros y cubriendo la retaguardia, en tropel, la comitiva. Tras una loma aparece el disco sanguinolento del sol: su rayos se entrelazan en los verdosos ramajes de las encinas; del prado se levantan y huyen jirones de niebla que tomaron para la noche tan mullido lecho; brillan las gotas de rocío como diamantes sobre una planicie de esmeralda; el cuquillo asustado, salta dé rama en rama agitando su vistoso moñuelo; los verdosos lagartos corren a esconderse en los troncos de los árboles; y en medio de aquella Naturaleza espléndida, de aquel escenario portentoso, se escucha el golpear sordo de centenares de patas sobre la tierra mullida, los resoplidos de las reses acosadas, y las voces de los acosadores que, lanzados en vertiginosa carrera, no paran un punto de gritar: 

— ¡Tube! ¡Tube! ¡Jarito! ¡Castaña! ¡Pañuelo! ¡Rabona! ¡Careto! ¡Tube! ¡Tube! ¡Tube! 



IV 

El corral parece, a lo lejos, un circo romano medio derruido. Sus tapias, que alzan sobre el suelo escasos tres metros, están hechas con pizarras, cuya negra patina les da aspecto de histórico vestigio. Entrase al corral por un callejón formado con piedras y jarales, y da acceso al circo una portilla rústica de palos entrelazados, que se cierra con una tarabilla encajada entre los huecos de las pizarras. Salen las reses, en pelotón, del monte, y entran en el vallado, y se lanzan al portillo abierto, por donde quieren entrar todas a un tiempo, apretándose, rozándose contra las paredes, y echando, las que están rezagadas, las cabezas sobre los lomos de las que van delante, queriendo hacer un hueco a toda costa. 

Al entrar en las merinas desmóntanse rápidamente los vaqueros y arrean a las vacas y los toros dándoles cariñosos golpes con las callosas manos sobre las ancas. 

Queda atestado el corral. Vacas y chotos, toros y novillos, forman un montón reluciente, atornasolado, que se mueve semejando suaves oleajes de brea derretida. Vaqueros, mozos y gañanes andan entre las reses sin cuidado a que topen y embistan, entretalladas como están cuerpos con cuerpos. 

Sobre la redonda tapia del corral presencian el encierro los chiquillos y las mujeres formando vistosa greca de variados colorines, manoteando aquéllos como loquillos al divisar los chotos que andan despistados buscando, en aquella confusión, a las madres. 

No muy lejos del herradero arde un inmenso montón de leña, y entre las brasas se enrojecen los hierros enmangados en varales que han de servir para marcar el sello de la ganadería sobre el cuarto trasero de las reses. 

Tienden las mozas en la fresca yerba los gruesos manteles hilados en la casa, destápanse fiambreras, ruedan rajas de sabroso chorizo, sácanse rubias hebras de los pernicotes, salen a relucir gruesas tortillas partidas en cuadraditos no más grandes que los de un juego de ajedrez, los trozos de asado aparecen entre rugosos y grasientos papeles de periódicos, y de pie todo el mundo, con el pan y el tasajo en la una mano y la navaja en la otra, se engulle con deleite y se remojan las fauces empinando las botas del infiel aloque. 

Tras el piscolabis reanúdase la tarea. Asaltan nuevamente la tapia mujeres y chiquillos, y los criados, dentro del corral, como si se tratase de retozar con las mozas, se abrazan a las vacas, les ponen los cencerros y las llevan al portillo con los chotos, dándole suelta por el monte. Corren aquéllas que se las pelan huyendo del ruido de los cencerros, y cuanto más corren más de cerca y más penetrante lo escuchan. Los ternerillos siguen a las madres berreando lastimeramente, hasta que se pierden las unas y los otros tras las encinas, donde poco apoco pasan el susto. Ellas se esparrancan, y ellos, ansiosos, estrujan la ubre entre los bezos. 

En tanto, sigue en el corral la ya peligrosa tarea. Se han clareado las filas, se mueven las reses con libertad, han ido quedando las más bravas, y preciso es, para librarse de desperfectos, ocultar de cuando en cuando el cuerpo en los toscos burladeros. 

jPobrecitos toros, cómo los tumban! ¡Cómo el castrador hace su oficio! ¡Cómo, velis nolis, en un decir Jesús, conviéntenlos en mansos! Al derribarlos bramaban de coraje, al levantarse marchan humildes, buscan la salida, y van al monte a ocultar su vergüenza y sufrir los desdenes de la vaca retozona. 

La lidia llega a su más alto grado de interés. Sale un criado del burladero, se encara con un toro, y, antes que éste le embista, arrójase aquél en la cuna, se agarra de los cuernos, y moviendo ambas manos por el mismo lado, como quien va a mover la rueda de un timón gigantesco, echa todas sus hercúleas fuerzas ayudándose de un rugido, y derriba a la res cual pudo hacerlo el héroe legendario con el espantoso león de la Nemea. 

Acuden otros mozos a sujetar al toro derribado, y entonces vése al amo acercarse con el hierro candente y aplicarlo en el anca de la fiera, que en sacudimientos de dolor pugna por desasirse de aquellos cuerpos que la sujetan. Escúchanse el chirrido del cuero quemado, sale del cuerpo de la res humo parduzco, llegan hasta el olfato olores acres de carne chamuscada, y, cuando todo ha concluido, se levantan los mozos de repente y dejan al toro, enfurecido, que busque la salida; pero ya otros mozos le esperan en la explanada, y antes que se interne en el monte le sortean con las anguarinas, cual diestros consumados. 

Repítense estas escenas hasta que no quedan reses en el cercado, oyéndose durante la fiesta clamores y palmadas a los mozos más valientes, y luego que la fiesta termina, vuelta a los tasajos y vuelta al vinillo, que para conservarlo fresco ha estado todo el día al pie de los troncos de los árboles. Si los invitados de la ciudad llevaron guitarras, se arma bailoteo por lo fino, separándose buen trecho criadas y criados para danzar charradas y fandangos al son de tamboril y gaita. ¡Qué brincos! ¡Qué trenzados! ¡Qué enseñar ellas, en las volteretas, hasta; las corbas! ¡Y qué rendirse ellos (¡ellos, que rindieron antes a los toras!) a las coqueterías de la moza garrida! 




Al atardecer se emprende el retorno: los señores en cabalgaduras, los criados a pie por los atajos. Allá, por entre la encinas, se pierden los rústicos, echando el brazo por el cuello a las muchachas, que no se muestran esquivas, y, después de un largo caminar silencioso, en el que a su modo hácense y dicense ternezas, sueltan la voz al viento y en coro cantan melodiosas y lánguidas canciones, que parecen, por su tristura, arrancadas a la tierra misma, y por su sencillez inspiradas en las viejas cadencias de los sueños. La comitiva de los señores marcha, en tanto, pasito a pasito, columpiándose sobre las cabalgaduras que nadie espolea. El amo y el mayoral conversan acerca de la operación del día y se ponen de acuerdo para las próximas de la sementera. 

También los novios, que caminan juntitos, hablan en voz baja de cosas semejantes; y el curilla, que unas veces toma parte en la conversación trascendental de amo y criado y otras dirige chanzonetas a las parejitas amarteladas, pone de cuando en cuando a la jaca al trote cochinero, y, recordando picardigüelas estudiantiles, cual si estuviese en vacaciones de seminario, lanza a voz en cuello y con tonillo jacarandoso, coplas de este jaez: 

Mucho vale una perla, 
más un diamante, 
pero más los ojillos 
de un estudiante.


Bien entrada la noche se llega a la casa, no sin que antes los mastines, como fieles guardianes, hayan aullado al ver que unas sombras se aproximan. 

— ¡Gitana! ¡Culebro! ¿Pero no nos habéis conoció, recoino? 



Juan Barco. 








Farinato



Juan Barco escribió en diciembre de 1891 esta receta para el gastrónomo D. Ángel Muro que incluyó en el Almanaque de "Conferencias Culinarias" de 1892. 





Farinato 

Tomarás... un kilogramo de gorduras de cerdo, las pondrás al fuego dentro de un caldero, meneándolas siempre para que no se peguen cuando estén a medio derretir añadirás 500 gramos de cebolla picada...y seguirás meneándolo todo con una cuchara de palo. 

Después de un cuarto de hora, añadirás a lo dicho un kilogramo de pan (desmenuzándolo) que habrás humedecido en un barreño 24 horas antes. 

Y seguirás meneándolo. 

Verterás luego sobre aquella masa 250 gramos de aceite crudo y 125 de pimentón, la sal correspondiente, un puñadito de anís en grano. 

Siempre al fuego y menea que menea hasta que los ingredientes formen un todo armónico, o sea una masa ligeramente compacta; y luego, en caliente la embutes en tripas de vaca, del largo de una cuarta. 

Ya están hechos los farinatos, y sólo falta colgarlos al oreo, en la cocina, cerca del hogar. 

Pasados quince días se descuelgan los farinatos sobre una tabla se van aplastando. Esta operación, realizada por manos blancas rollizas hechas a cebar lechones acrecienta el buen gusto de los farinatos. Cuélganse de nuevo ya están en disposición de ser comidos, advirtiendo que cuanto más tiempo pase, más y más ricos hallarálos quien los pruebe. 

Sírvese el farinato en Castilla a la hora de tomar un piscolabis, o sea a media mañana, para el caso se fríe en pedacitos, con manteca de cerdo. 

Ciudad Rodrigo tiene fama por sus exquisitos farinatos a esto se debe que farinatos llamen a los naturales de la antigua Miróbriga. 

¡Ah! el farinato se come sin pan; para no incurrir en aquello de pan con pan comida de tontos. 

A tanto alcanzan, amigo Muro, los conocimientos culinarios de su afectísimo.




Juan Barco. 

Salamanca, 23 de diciembre de 1891 












Decoración de verano
(Campos de Castilla) 




Castellanos de Castilla 
trata de ben a os gallegos. 
Cando van, van como rosas; 
cando ven, ven como negros, 

Rosalía de Castro 






Ya están ahí. 

Los he visto en la extensa explanada, destacándose sus siluetas terrosas en el azulado horizonte que cierran las sierras allá lejos, muy lejos. 

Vienen en bandadas, en bandadas inmensas como las golondrinas, a posarse en los trigos de nuestra estepa. Hablan la lengua "doce, tenra, agarimosa" del enamorado Macías, pero sus modulaciones son ásperas como rodar de guijarros por la pedregosa montaña, sibilantes como el sonido del viento entre los pinos; son mezcla de súplica y desesperación; ruidos de costa roqueña y sonoridades de manso arroyuelo. Escuchad su algarabía y os parecerá oír armonías extrañas, ecos lejanos, indefinibles, en los que se confunden las risas alegres de las romerías y los lamentos del lugar mísero y triste, el a-la-la melancólico y el atruxo salvaje. 

Llegan en montones apilados como sardinas en el hediondo vagón de tercera; los escupe el tren sobre los andenes y se forman como soldados para tomar el camino que los conduzca a los trigales. El hatillo a la espalda y la reluciente guadaña en el hombro, caminan y caminan sobre los zuecos de palo produciendo más ruido que un escuadrón de artillería rodada. 

A la hora de la siesta, cuando todo reposa acá, en Castilla y duerme hasta la langosta: sobre el plantío los he oído en mi niñez pasar la calle solitaria, resonando acompasadamente sus recias pisadas sobre los duros chinarros… 

Su tránsito por los pueblos es acogido con burlas que ellos toleran humildes. A quien ha de resistir en los campos sin sombra, de crepúsculo a crepúsculo, los ardores solares ¿cómo han de hacerle efecto las tontunas del vulgo? Son sufridos, más sufridos que ninguna otra raza, trabajan como negros y guardan como urracas. La virtud del trabajo y la virtud del ahorro que solemos envidiar de lejos a la gente extranjeriza, las ridiculizamos y execramos de cerca en los pobres gallegos. 

¡Así somos! 


II 


¿No es verdad que parecen trasunto de la muerte, con la afilada hoz a guisa de bandera? Quien al pasó los viere sin conocerlos, tomaríalos por ejército devastador y sanguinario. Y, sin embargo, su misión es de paz; sus artes, las artes benditas que cantara Virgilio. Con su presencia anuncian la cosecha, el trigo, la riqueza: lo que ha de ser durante el año el pan del pobre y la hartura del potentado. Ellos tan míseros, tan andrajosos, vienen a darnos con sus manos roñosas el dorado fruto de la tierra fecunda. Con ellos empieza la alegría en los campos. Aquel silencio de las aldeas en las invernadas, truécase, ahora en bullicio. El portalón de la casa labriega, solitario y triste cuando zumba el viento, y blanquea la nieve en los picachos, y la tupida niebla acaricia los surcos, es ahora teatro de algazaras. 

Las arcas del pan se colman de bodigos; reluce la espetera sobre los enjalbegados andenes; de las llares, so la chimenea campanuda, pende el caldero siempre humeante, atiborrado de sabroso condumio; las corambres están llenas de vino; la despensa ostenta caprichosos adornos de rojos chorizos en ristra con aplicaciones de pernicote. Allá se divisa un montón de morenas patatas; acullá un saco repleto de arroz; las bacaladas polvorientas; las pellas de manteca blanquísima, la escusabaraja llena de huevos sacaditos directamente de los nidales…, todo está preparado para emprender la faena que no ha de acabar hasta que las trojes encierren el grano. 

Los segadores llegan. Se advierte su presencia a lo lejos por las nubes de polvo que levantan y por los fulgores del sol en las pulidas hoces. ¿Parecerá que allí han de recibirlos, con afecto?.. ¡Pues allí tampoco! Mozos y mozas llámanlos marusos (de Maruxás, Maríquitas, o en sentido traslaticio cobardes, collones) y hasta los arrapiezos sueltan al viento, con ritmos de muñeira, la despectiva copla 

¡Los gallegos en Galicia! 
Cuando van en procesión 
Llevan un gato por santo 
y un gallego por Pendón 



III 


Al día siguiente ya están metidos en los sembrados, recibiendo de plano el sol en las magras costillas. 

¡Ellos sí que riegan la tierra con sudor de sus rostros! No levantan cabeza de la mañana a la noche ¡Corta qué corta! ¡Siega qué siega!... A las doce, un pequeño descanso, para el almuerzo y a la una a segar otra vez, y a formar montones y a levantar, haces que parecen de lejos, tan tiesecillos y rechonchos, soldadicos de un ejército liliputiense. Lo que el segador empieza lo acaban los criados a las órdenes del viejo mayoral que manda más que el amo. Del suelo al carro vuelan los haces con presteza prendidos en la horca, y el gañán que los recibe colócalos de un modo entrelazados que aumentan en un doble a lo ancho y a lo alto el volumen del rústico vehículo. 

Allí son entonces los majestuosos atardeceres, con la espléndida luz por occidente. El rojo y el azul del cielo se combinan con el pajizo de la tierra dando al horizonte prolongación interminable. Respirase en el campo el seco y sano olor de la paja tronzada y se mece el gañán, culminando sobre la blanda mies, a los vaivenes del carro que atraviesa los surcos. A la era con ello y en la era a descargar y amontonar de nuevo, y luego, con los bieldos ó briendos, a extenderlo y orearlo y a trillarlo más tarde, y a separar después el grano de la paja, con ayuda del viento, formando las prismáticas y doradas parvas. Todo el mundo trabaja en la era; y allí duermen todos en aquellas noches hermosas en que la luna, como un disco de fuego, sale por el lejano horizonte cual saliera a alumbrar los amores de Ruth moabita en las noches solemnes de la Judea. 

La recolección termina llenando de grano los costales, y cuando ya están cargados en los carros y adornados estos con profusos y verdes ramajes, mozos y mozas, niños y niñas súbense encima de los sacos, y los bueyes potentes, adornados también con penachos de ramas entre las coyundas, a golpe de ahijada arrastran el pesado convoy— altar de Ceres- por el pedregoso sendero que conduce á la panera, ante cuyas puertas, así como en el camino, se entona la llamada «canción del carro» , himno , rústico , acaso primitivo, no desprovisto de belleza, como en acción de gracias por el término feliz de la ruda faena. 

Universales son estas costumbres: que no otra cosa vienen a revelar aquellos versos del poeta francés que describiendo escenas campestres de la Europa del Norte, dice: 

La chanson 
Après la moisson… 

El canto después de la cosecha 


IV 


Y mis segadores ¿qué ha sido de ellos? 

De pueblo en pueblo han caminado desmotando, campos, y recogiendo jornales que guardan en farrapos, para pasar menos hambre en el suelo nativo. Acá trabajo, penosísimo; allá, angustiosas estrecheces; aquí, denuestos e insultos; allí, tristezas insondables. 

¿Sabrán los segadores algo de los empeños separatistas en que andan, a veces, algunos gallegos ilustrados?¿Habrán oído hablar, en medio de sus cuitas, de socialismo y de reivindicaciones ¡Tristes de nosotros si los trabajos, del campo se realizaran en el taller! ¡Tristes de nosotros si el segador supiera que la guadaña sirve para más que para segar, y que no vienen solos cuando vienen en bandadas, en bandadas inmensas como las golondrinas!..