Las Gigantillas Salmantinas.

 "Los Padres Lucas"



Por José María Hernández Pérez
15/07/2020 Rev. 00


Desde muy antiguo las fiestas de los pueblos españoles han contado con la presencia de los gigantes, gigantones, gigantillas, cabezudos, etc., que hacen las delicias de la gente menuda con sus miedos en la primera edad, la nerviosa expectación más adelante y el pleno disfrute cuando van creciendo y pueden intervenir en el juego de aproximaciones y carreras en sentido contrario.

En Salamanca tales figurantes tienen nombre propio pues desde siempre han sido denominados: “los Padres Lucas”, bufones populares de cartón piedra, (acompañados de grupos de dulzainas y tamboril), que ejecutan sobre la marcha típicos bailes de la tierra, a los que siempre se suma alguna persona mayor, añorante de los tiempos idos.


"Las Gigantillas" las delicias de los chicos y la añoranza de los grandes, que apenas
se aperciben de su llegada, se asoman a las puertas y los balcones, sin duda para
recordar otros tiempos. Salamanca y su Costumbres. Revista de Arte 1928


Vienen de la tradición de la fiesta barroca que en Salamanca se materializa en la festividad del Corpus, cuya celebración data de 1396, según el primer documento oficial y en el Sínodo de 30 de enero de ese mismo, presidido por el obispo Diego de Anaya y Maldonado, queda establecida la Festividad del Corpus.

En 1264, el papa Urbano IV había establecido la festividad del Corpus y su Octava y al recomendar en su Bula: “Cante la fe, dance la esperanza, salte de gozo la caridad”, da pábulo a estas demostraciones de júbilo en los actos religiosos, dentro y fuera del templo. El papa Eugenio IV en 1433 expide una Bula reiterando las indulgencias concedidas por otros Papas y añade otras nuevas y el Concilio de Trento, en 1551, insiste en la celebración de la festividad, 60 días después del Domingo de Pascua y que se acompañe de procesión.

La presencia de las gigantillas se hacía imprescindible en todo tipo de actos solemnes, propiciados por cualquier entidad o gremio, incluidas las procesiones religiosas, en especial las de Semana Santa y del Corpus, donde participaban todo tipo de gigantes, gigantillas y cabezudos e incluso la renombrada y más que profana “tarasca”, monstruo con figura de dragón o serpiente, que era vista como “la gran meretriz de Babilonia”. Representaba ésta las fuerzas del mal, derrotadas por el Santísimo Sacramento, por lo que desfilaba a la cabeza de la procesión, en la parte más alejada de la Custodia, huyendo ante el avance de la comitiva, pero al propio tiempo señalando el recorrido de la misma. Le seguían los Vicios, representados por medio de enanos, diablos, gigantes, gigantillas, cabezudos, etc.

La presencia de figuras fantásticas, ya sean antropomórficas (gigantes, gigantillas y cabezudos) o bestias reales o imaginarias (Tarasca, dragones, sierpes,..), en ritos festivos ancestrales parece ser muy anterior a la festividad del Corpus. La Iglesia, en lugar de prohibirlas, optó por incorporarlas a la procesión de la festividad, con ciertos cambios en su simbología. A la derecha Tarasca para la procesión del Corpus de Madrid de 1744. A la izquierda Tarasca en una tarjeta postal de Tarascon (Francia), la cuna del mito.


La importancia que se daba a los gigantones se demuestra en el hecho de que se les situaba detrás de los miembros de la Real Capilla de san Marcos y los capellanes de la Catedral y precediendo al ilustrísimo Cabildo, lugar desde el que, con acompañamiento de dulzaina y tamboril, se iban cantando villancicos y bailando chaconas. En 1501 figura un gasto por el almuerzo de los cantores y el pago a los tamborileros y un tambor que acompañaron a los danzantes de las espadas. Al año siguiente figura el mismo concepto con 10 de cestos de cerezas y 17 cántaros de vino.

Danza de las espadas. Procesión del
Corpus Christi en Sevilla (1747)
En el Diario de Girolamo da Sommaia, en 1605 nos dice que el Corpus cayó el 9 de junio y que “no se hizo fiesta ninguna, ni de la Ciudad, ni de la Iglesia, ni siquiera gigantes”, lo que indica que con anterioridad ya salían.

En Salamanca se cuenta con referencias documentales de la presencia de los gigantes en los cuadernos de fábrica de la Catedral desde 1613. En 1647 se estipulan 1.500 reales, 500 más que el año anterior, para las fiestas del Corpus “con tanto que en las fiestas que se previnieran haya tarasca”.

Durante los siglos XVII y XVIII existían 8 gigantes grandes y 2 chicos, propiedad de la Catedral, que salían en la procesión del Corpus. Normalmente en todas las ciudades desfilaban y bailaban por parejas y Salamanca no era la excepción. Así “El Corregidor” y “La Molinera”, siendo otra de las parejas los “dos serranos”. Ignoramos quienes fueran las otras dos parejas de gigantes, siendo los gigantes chicos “El Padre de Putas” y “La Lechera”.

Consta que la institución eclesiástica se encargaba del pago a los hermanos del trabajo en 1635 por “traer los gigantes el día del Corpus y su octava” o “por la danza de los gigantones”. Oscilaban las cantidades entre los 282 y los 308 reales, incluyendo un cántaro de vino, valorado en 8 reales, para calmar la sed de los cargadores. Fueron sacadas estas figuras también en la festividad de Nuestra Señora de Agosto.

En el citado año había solicitado los gigantones don Diego de Vera Paz para el convento de santa Úrsula con objeto de que desfilaran el día del Corpus y su octava. Se le concedió a condición de que abonase los gastos del desplazamiento. En 1640 se dejaron al Arcediano de Alba por la fiesta del Santísimo Sacramento de san Isidro. En el mismo año a petición de un miembro capitular, mayordomo de la Cofradía del Santísimo Sacramento de san Martín para que prestase los gigantes, el Cabildo decidió que en adelante se dejasen gratuitamente a cualquier prebendado que fuese mayordomo de una cofradía de cualquier parroquia.

En 1635 se pagan 99 reales a Francisco Blanco por la hechura de dos sombreros para los gigantes y otros 166 reales al pintor Pedro Parada por el aderezo de las figuras, sin señalar cuántas; al mercader salmantino Diego de Mora se le compran, a 10 reales la vara, telas para vestir los gigantes y en 1648 a Juan de Mondravilla se le abonan 60 reales por el “aderezo que hizo de los cuerpos de los gigantes y aparece que trabajaba para los dos serranos”, lo que nos indica que era una de las parejas de los gigantes grandes.

El Cabildo poseía sus propios gigantes que eran el Corregidor y la Molinera y la grey infantil les cantaba a coro aquello de: “Tiene la molinera zapato blanco y el agua del molino no da p´a tanto”. Diego de Torres Villarroel se refiere a los gigantes cuando en unos versos satíricos, premiados en el Certamen Literario convocado por el Cabildo para festejar la consagración de la Catedral en 1733, el pueblerino armuñés “tío Pascual Pantorro”, le da cuenta al Alcalde de la Orbada de los festejos habidos en Salamanca, diciéndole:

Cuelan detrás de los Flaires 
los Gigantones en danza,
y no eran Gigantes sólo,
que había machos, y machas


Por mandato de Carlos III, en Real Pragmática de 21 de junio de 1780: “En ninguna Iglesia de estos mis Reinos, sea Catedral, Parroquial o Regular haya en adelante tales danzas, ni gigantones, sino que cese del todo esta práctica en las procesiones y demás funciones eclesiásticas”. Más tarde el obispo de Salamanca don Felipe Beltrán y Casanova, Inquisidor General, en 1781, prohibió las danzas, gigantillas, gigantones, zancos y tarascas en los actos religiosos salmantinos.





Carreras ante los cabezudos. Archivo Gombau


Con motivo del doble matrimonio del Príncipe de Asturias, Fernando (luego Fernando VII) con la Infanta de Nápoles María Antonia y la Infanta Isabel, con el Infante Fernando de Nápoles el 4 de octubre de 1802, hicieron los zapateros remendones su función el 28 de noviembre, que consistió en iluminar la noche del 27 la parroquia de san Román con más de 200 pucheretes simétricamente colocados. Tuvieron misa solemne con Manifiesto todo el día, refresco para el gremio y sacaron el “Padre de Putas” y “La Lechera” desde san Isidro. (Podían salir también desde la Catedral).

Los candereros también hicieron su fiesta este día en la Trinidad Descalza y los aguadores, que sacaron los 8 gigantes grandes y los 2 chicos, que desfilaban en la procesión del Corpus y que no habían vuelto a salir desde 1781.

El día 4 de diciembre por la tarde salieron las gigantillas de san Isidro para llevar las papeletas de aviso a las casas donde había de ir al día siguiente el Carro triunfal de los cocheros desde el Corral de los Padres Trinitarios.

El 25 de agosto de 1806 y con motivo de ser el día de la Reina se colocaron los bustos de los Reyes en las hornacinas del Ayuntamiento (donde permanecieron hasta 1868) y se descubrió el Medallón de Godoy, “Príncipe de la Paz”, en la Plaza Mayor. Por la tarde los aguadores sacaron los gigantes y las gigantillas.

Los estudiantes, que el 22 de marzo de 1808 hicieron picar el medallón de Godoy, al día siguiente corrieron 2 novillos con cuerdas y sacaron las gigantillas de san Isidro.

El 30 de marzo de 1811 con motivo del nacimiento de la Infanta, anunciado con 100 cañonazos hubo solemne misa en la Catedral y se sacaron de ella los gigantes y las dos gigantillas.

El 7 de octubre de 1823 con motivo de la liberación de Fernando VII del Cabildo decretó que durante 3 días se celebrara solemne Tedeum y que salieran las gigantillas.

El 6 de febrero de 1860 y con motivo de la toma de Tetuán en la guerra de Marruecos, el Ayuntamiento solemnizó el suceso el día 7, y sacó a la calle los gigantones y las gigantillas, llamados “El Padre Putas” y “La Lechera”.

Desde finales del siglo XIX las gigantillas salmantinas salían del Correccional, detrás de la iglesia de san Pablo, en la calle Juan de la Fuente, donde luego estuvieron los comedores de la Asociación Salmantina de Caridad, vulgarmente conocida como, “La Mendicidad”.

La pareja de gigantillas que eran el Padre Lucas y la Lechera, verdaderos cabezudos por el desproporcionado tamaño de sus cabezas, representaban: el primero al célebre Padre de Putas o Padre de la Mancebía, casa situada “en el arrabal allende la puente a dó dicen los barreros, donde se hacen las Ferias, a la esquina del huerto del mesón de Gonzalo Flores, yendo todo derecho arriba, hacia el Teso de la feria…” como consta en la escritura otorgada el 17 de julio de 1497, a García de Albarrategui, mozo de ballesta de los Reyes Católicos, para que estableciese una Casa de Mancebía en Salamanca. Los Reyes dieron autorización al Concejo salmantino el 13 de mayo de 1498, para que “anunciando la casa a pregón, la pudiese dar a censo perpetuo, siempre que al que le fuese concedida, satisficiese a García de Albarrategui, diez mil maravedís y al municipio mil quinientos de censo perpetuo, obligándose asimismo a edificarla en tiempo preciso”. Era Regidor de la ciudad Juan Arias Maldonado, y en virtud de añadido a las Ordenanzas, se estipuló: “Que porque la Casa de Mancebía de esta ciudad es de don Juan Arias, si le tocare nombrar Padre de ella, le nombre, y el consistorio le apruebe y jure ante el escribano de él, y que guardará los capítulos de la Mancebía, so las dichas penas de ellos, y la dicha Mancebía se arriende con las dichas condiciones”. Teniendo la facultad de poner al frente, como Padre arrendador de la Casa de Mancebía, para el gobierno y la buena administración, nombró para el cargo a una persona de su confianza, y el elegido estaba casado con una mujer que regentaba una lechería. De ahí la pareja.

El Padre Lucas y la Lechera. Imagen aparecida
en El Adelanto del 13 de setiembre de 1917
El Padre Lucas lucía bigote amostachado, perilla grande, pronunciadas patillas, enorme nariz, ojos muy abiertos, negro y ondulado bisoñé, vistiendo ropón de golilla del siglo de oro con amplia valona lisa y blanca. La Lechera exhibía un tocado blanco peculiar sobre el cabello pues cubría toda la cabeza con una especie de gorro de ducha actual, grandes cejas y amplia boca, iba alhajada con enormes pendientes, luciendo grandes collares sobre el blanco babero y el mandil con peto que cubría su abultada pechera. A esta pareja se le cantaba aquello de: “El Padre Lucas y la Lechera, que venden leche a cuatro perras” y anteriormente “Marroquín, Marroquín… un, dos, tres, cojo es”, con la variante “Un, dos, tres, Rojo es”. La cabezota de “El Padre Lucas” engullía a Manuel González “El Rojo”, llamado así por el color de su encrespado cabello, que era el objeto de los gritos de la chiquillería cuando le daban la tabarra con “El Rojo ya no corre…”, pues lo venía haciendo desde primeros del siglo XX. Eran enchinarradores del Ayuntamiento quienes portaban las cabezotas y los mismos que se vestían de maceros, cual sotas de la baraja, para las procesiones y actos oficiales, por dos pesetas.
       
En 1892, “La Lechera” alumbra dos hijos y no se sabe en virtud de qué ley genética nacen con colorido oscuro, por lo que son bautizados por la chiquillería en sus gritos como “El Negro” y “La Negra”, hasta que en el año 1930 y con motivo de la coronación de Haile Selassie como emperador de Abisinia, cambian sus nombres de guerra por los de “El Negus” y “La Negusina”.

En 1898 la procesión de la patrona de Salamanca, la Virgen de la Vega sale de la Iglesia de san Esteban y llega a la Catedral con la representación del Ayuntamiento acompañada de heraldo, gigantones, maceros y escuderos.

Al año siguiente trastabilla el portador de la gigantilla del Padre Lucas y es atendido de urgencia por haberse dislocado un pie.

En 1907 el Ayuntamiento ordenó que las gigantillas permanecieran en su depósito habitual “El Correccional” durante el tiempo que durara el desfile del Batallón Infantil que maniobraría en la Plaza Mayor.

En 1912 El Adelanto en su sección “La Feria” afirma: “Una noticia que afligirá a los muchachos. “El Padre P.” está enfermo y los médicos no tienen esperanza de salvarle”. En su “Quisicosa” abunda en lo dicho: “Ya no somos nadie / ya no somos nada / ¡Manes de los tiempos de las tradiciones / en nuestra vetusta madre Salamanca! / Ya ni “La Lechera” ni su compañero / salen por las calles en vistosa marcha. / Hoy los sustituyen / con dos gigantillas de pringosa facha! / Porque el Padre P…epe y su buena esposa / púdrense en desvanes, muérense de rabia / viendo que el Concejo por treinta pesetas / que es lo que su dueño pide de fianza / reniega de golpe / de esa correría popular y clásica. / ¡Bueno está el Concejo! / ¡Buena Salamanca! / Por cuatro pesetas dejan que se arruinen / las dos catedrales y la misma Plaza.”

Ese mismo año renovó el Ayuntamiento el Voto del Concejo de 6 de mayo de 1618 proclamando ante la imagen de la Virgen de la Vega, en su monasterio, la Concepción Inmaculada de María y la nombró Excelsa Patrona de la Ciudad.

En 1915, otra “Quisicosa”, en esdrújulos versos, nos habla de las gigantillas: “Que el Padre sicalíptico / y su cónyuge láctea / gigantillas magníficas / que aquí dejan extáticos, / presten inmenso júbilo / al hombre más misántropo.”

En 1922 es la “Quisicosa” de El Adelanto quien nos dice: “De Salamanca fundó la Feria / don Juan Segundo / que era un monarca / de cara seria / pero jocundo. / Trajo dulzainas y gigantones / y chirimías para endulzarles / las emociones / de aquellos días”. Desde las Ferias de 1917 se enfunda la cabezota de “El Padre Lucas”, Manuel Martínez “Gusín”, que la portará durante más de 20 años.  Vivía en el barrio de La Fontana y con el resto del grupo se daban una buena merendola con las propinas obtenidas. Eran los mismos que por las tardes se embutían en las negras blusas de mulilleros de la Plaza de Toros de la Glorieta.
 
Dentro de las cabezotas, la cuadrilla se pasaba 4 horas agitando largas varas de fresno con una vejiga de vaca en la punta para no herir a la díscola y audaz muchachada que se les enfrentaba en veloces carreras, con los consiguientes sustos y carcajadas. Componían el elenco: Ventura Benito, Joaquín Corredera, Adrián Encinas, Esteban Fernández, Jerónimo Martín, Nicolás Montejo, Cándido Pedraz, Juan Antonio Rodríguez, Daniel Santiago y Francisco Tardáguila, todos obreros del Ayuntamiento que cobraban su diario jornal como empleados, percibiendo por su trabajo sólo las propinas, no muy abundantes de las personas a las que se detenían a dar “serenata”. Algún año el Ayuntamiento les concedió una gratificación de 50 pesetas, pero ya en 1927 lo suprimió.

Del tamboril y la dulzaina se encargaban antiguamente Alfredo Polo y Anastasio Morales y posteriormente la dulzaina y redoblante eran de Peñaranda y el tamboril y la gaita de los Villares de la Reina. En 1923, La Voz de Castilla y  refiriéndose a los rumores de jubilación de los Padre Lucas, dice: “arrumbar y despreciar esa castiza tradición local… es un pecado de leso salmantinismo, al que es ofensa y desprecio jubilar”.

Fue un año de renovación pues aparecieron dos nuevos gigantones y otras dos nuevas gigantillas municipales, éstas de traje corto, una calva y la otra con bisoñé. Al ser nuevas, la chiquillería se quedó sin repertorio para el insulto, pues el Ayuntamiento no había bautizado a los dos cabezudos y a los dos gigantones. Dada la elevada estatura de los dos gigantones y su excesivo peso tuvieron que ser auxiliados, de vez en cuando, para descansar.

La novedad mereció los honores de dos fotografías y una larga “Quisicosa” en El Adelanto del 8 de setiembre de 1923:

LOS NUEVOS GIGANTONES
Imágenes de los dos gigantones aparecidas en
El Adelanto el 8 de setiembre de 1923, junto 
a la Quisicosa escrita por D. Mariano Núñez 
Alegría, el quisicosero de entonces
Les presento a ustedes a los gigantones, 
hechos de retazos de tela y cartones. 
Son buenas personas. Ella una castiza, 
no sé si de Huelmos o de Porqueriza. 
De rasgados ojos y altivo semblante;
una buena moza, grave y arrogante. 
Luce el indumento de la charrería, 
con la donosura, con la gallardía, 
propia de las hembras de esta tierra amada. 
Los rizos encuadran su cara tostada 
por el frío cierzo, por el sol de estío, 
y hay en su persona prestancia y trapío. 
La ropa le sienta, como hecha de encargo; 
su rico picote, su manteo largo 
su fina mantilla, su buen faldellín… 
Vamos, una charra de todo postín. 
Él ya es otra cosa. Luce enorme cinto 
un poco arrugado y en verdad distinto 
al que aquí se gasta. Su ropa es sencilla, 
mas ese chaleco y esa chaquetilla 
con esos festones y esos alamares 
parece heredada del gran Costillares. 
No me gusta el charro de esa catadura, 
con ese talante, con tan torpe hechura 
que delata a un  hombre de ruin condición. 
¡Vaya, si es un charro de trampa y cartón
Y por si no basta, le visten manteo… 
Nada; que reniego de este charro feo, 
porque en esta tierra de hombres muy viriles 
los hombres con faldas nos resultan viles, 
ya que todos ellos y en varia ocasión 
saben ajustase con brío el calzón. 
..................................
Ya están en la calle nuestros gigantones, 
tras de los chiquillos y los zagalones. 
Ya están en la calle, y en este momento, 
yo tengo un suspiro de emoción sincera 
para el Padre… Puntos, para La Lechera 
que fueron holgorio de mi juventud: 
En fin, pues se ausentan, dinero y salud

Al año siguiente salen con los dos gigantones, la más célebre pareja de gigantillas, pues se dice en la prensa: “El Padre Lucas y su opulenta consorte parecen emplumados del Santo Oficio en paseo de burlas y escarnio”.

En 1925, José Sánchez Rojas habla de que al Padre Lucas y La Lechera los van a sustituir por dos negritos.

Las gigantillas: las delicias de los chicos y la añoranza de los grandes
1928 Cándido Ansede. 

Gigantillas en el Patio de escuelas. Archivo Gombau 1928


Es en 1931 y siendo alcalde don Antonio Calama, cuando se encarga a Madrid la confección de dos nuevas gigantillas idénticas a las que se van a arrinconar por deterioradas, hecho que merece la consabida “Quisicosa” de actualidad: “Y con su láctea consorte / de nuevo está el Padre Lucas / dispuesto hasta ir a los Coros / famosos de la Tierruca”.

Las gigantillas en la imagen de Almaraz publicada
en El Adelanto del 15 de setiembre de 1935
Durante la guerra civil no hubo fiestas en setiembre, a excepción de las corridas de toros, por lo que no hicieron las delicias de los chiquillos los Padre Lucas en la calle.

Amador de la Cuesta González dedica en 1942 unos versos a “Finos carteles de Ferias / de dos artistas autóctonos. / La grotesca gigantilla / que anima la mojiganga, / finge una risa de esbozo / con mueca de calabaza / y el sol se marca faroles / a cuerpo limpio en las astas / de la brava Mariseca / que trepó por la espadaña”.

Acompañaban a el Padre Lucas y la Lechera unas gigantillas con la cabeza más pequeña, lo que les permitía mayor facilidad de movimientos para perseguir a la chiquillería, respondiendo a los insultos con ataques y golpes de vejiga hinchada que iba sujeta en el extremo de una vara. En total eran 24 las gigantillas del Ayuntamiento en los años cuarenta del pasado siglo, cuando hacían su salida desde la Cárcel Vieja en la cuesta de Sancti Spíritus, esquina a la Gran Vía.

El Negus tenía el entrecejo fruncido y abría una descomunal boca de excelente dentadura en amplia risotada, los ojos menudos, arqueadas cejas y el cabello tupido y ensortijado y La Negusina lucía amplias cejas, chata nariz, pronunciados pómulos, boca semiabierta, barbilla grande y redondeada, con el pelo tirante, peinado en artísticas y diminutas trenzas y luciendo grandes pendientes con descomunales aros. Los vestidos de ambos eran blancos, especie de abrigos y lucían pantalón él y falda larga ella también de color blanco. El Viejo tenía nariz grande y aguileña, ojos inquietos y asombrados que se salían de las órbitas, caídos pómulos, grandes orejas y barba puntiaguda blanca. La Vieja lucía pelo blanco peinado al estilo de las pelucas de los magistrados ingleses, ojos de triste y extraviado mirar, boca desdentada con el labio superior algo leporino y en las orejas grandes pendientes de forma alargada. El Soldado, iba tocado con ros, luciendo vistosas charreteras, la Gitana, con el pelo sobre la frente, se adornaba con pañuelo a lo zíngaro, cubriéndose de alhajas y joyas y el Toro, la Vaca, el Estudiante, el León, el Vasco y la Vasca, no precisan descripción.


Gigantones moriscos. Fotografía de Guzmán Gombau

En 1947 aparecen una pareja de gigantones vestidos con atuendos moriscos rodeados de 18 nuevas gigantillas.

Carreras en la Plaza Mayor durante la Ferias de 1954 (s.d.)

Carreras en la Plaza Mayor durante la Ferias de 1954 (s.d.)

Las gigantillas o cabezudos durante los años 50. Fotografía de Guzmán Gombau

El "Traganiños" que durante los años 50 y 60 se "zampó" a una enorme cantidad
de niños salmantinos. Se creó a imitación del histórico Gargantúa de Bilbao,
 desaparecido y renacido en diversas ocasiones desde 1854, basado en las novelas
de Gargantúa y Pantacruel del siglo XVI escritas por el francés Francois Rabelais.
Se trataba de un tobogán disfradado de "sistema digestivo" de un gigante
tragón charro de cartón piedra



En 1980 un grupo de 20 estudiantes procedentes de los grupos de teatro desaparecidos “Teatro 80” y “La Garnacha” tomaron el relevo y animaron a cuatro gigantes y diez cabezudos, de los que cinco habían sido estrenados hacía 5 años, construidos por Amable Diego y que eran: “El Charro”, “La Montaraza”, “La Celestina”, “Julián Sánchez” y “La Naranjita”, reminiscencia de una vieja que vivió en la calle de la Rúa.  Forman además “El Padre Lucas”, “La Lechera”, “El Estudiante”, “El Negro”, “El Payaso” y “La Bruja”, a los que siguen los 4 gigantes: “El Toro”, que necesita dos personas para moverse, “La Mariseca”, “Don Nicanor” y “El Cohete”.


Imagen con los 4 gigantes “El Toro”, que necesita dos personas para moverse,
“La Mariseca”, “Don Nicanor” y “El Cohete"


En la actualidad han tomado el relevo los integrantes de la Asociación Cultural Gigantes y Cabezudos de Salamanca fundada en julio de 2019 y constituida por un grupo de amigos que desde 2007 venían portando las gigantillas. Han procedido a la restauración de las figuras y a la renovación del ajado vestuario, labores efectuadas mayormente por Raúl Lucas. Sacan a desfilar 4 gigantones: “La Mariseca”, “Don Nicanor”, “El Toro” y el “Cohete” acompañados de 14 gigantillas: “El Padre Lucas”, también llamado El Pintor, “La Lechera”, “El Charro”, conocido también por El Abuelo, “La Montaraza” o La Charra, “Napoleón” o Sancho Panza, “La Celestina” o La Vieja, “La Bruja”, “El Payaso” o Pinocho, “El Torero” o Jesulín, “El Toro”, “El Estudiante” o El Mago, “El Negro”, “Julián Sánchez”, El Charro o El Bombero, y “La Naranjita” o Paquita.


Plantel de gigantillas o cabezudos, mantenidos por la
Asociación Cultural Gigantes y Cabezudos de Salamanca


Tienen intención de rehabilitar alguna otra gigantilla del pasado como el “Gargantúa” o “Traganiños” y un “Tío Vivo”.

En el Museo de Historia de la ciudad se encuentran tres gigantillas del pasado entre ellas los primitivos Padre Lucas y La Lechera que ya desfilaban en el siglo XVII.










Bibliografía:

Francisco Javier Lorenzo Pinar.- Fiesta religiosa y ocio en Salamanca en el siglo XVII (1600/1650). Universidad de Salamanca, 2010

Manuel Villar y Macías.- Historia de Salamanca. 1ª Edición Salamanca 1887. Imprenta Francisco Nuñez Izquierdo

Daniel Sánchez y Sánchez.- La Catedral Nueva de Salamanca. Editorial Amarante. 1993. Salamanca

Joaquín Zaonero.- Libro de noticias de Salamanca que empieza a rejir el año de 1796. Edición crítica de Ricardo Robledo. Libreria Cervantes, 1998

Juan José Andrés Matías.- Semana Santa en Salamanca. Historia de una tradición. Junta Permanente de Semana Santa, 1986

Antonio García Boiza.- Medallones salmantinos. Establecimiento tipográfico de Calatrava, 1926. Salamanca

Prensa de la época.