Los Urinarios Públicos de Salamanca


Como muchos otros servicios municipales, los urinarios públicos de Salamanca tuvieron su origen en el innovador y progresivo siglo XIX. Esta es, en esbozo, su escatológica historia.

Los primeros urinarios públicos en Salamanca se establecieron en 1871, cuando el fallido proyecto de traída de aguas de D. Anselmo Pérez Moneo, en nombre y representación de la sociedad obrera La Unión, prometía agua abundante. Parecería, en buena lógica, que con su instalación se tratase de suprimir la mala costumbre de nuestros tatarabuelos de convertir las calles solitarias en lugares de rápido desahogo fisiológico, sin embargo los urinarios fueron imperiosamente reclamados para evitar los fétidos olores que emanaban de la Plaza Mayor, en especial de la acera principal. Lo que viene a indicar que nuestros conciudadanos antecesores se aliviaban igualmente sin pudor en lugares transitados.
Cuatro columnas mingitorias de ladrillo de planta hexagonal se instalaron en las esquinas de la Plaza Mayor. Su forma de columna estaba pensada para el uso de varones olvidando en estos menesteres al género femenino.
Fueron sustituidos por unos urinarios de chapa en 1884 y posteriormente en 1911 por otros circulares que recibieron el sugerente nombre de “estaciones sanitarias”. La escasez de agua ocasionó que el hedor llegara a ser en muchas ocasiones insoportable, pestilente y malsano.

Esencialmente la historia de los urinarios y retretes públicos está ligada a la evolución del suministro de agua en la ciudad y a su alcantarillado. Suministro que no llegó a normalizarse hasta la construcción del pantano de Santa Teresa en los años 50 del siglo XX. Tras conseguirse la subida de aguas del Tormes hasta los depósitos de San Mamés en 1875 se decidió la instalación de más columnas mingitorias por la ciudad y con mayores razones se intentó la colocación de retretes después de la mejora en la traída de aguas de 1886. Con todo, hacia 1900 no había en Salamanca más de una docena de urinarios públicos, algunos llenos de inmundicias, poniendo de relieve que servían “para vaciadero de basuras, de cabezas de pescado y de otras cosas más o menos decentes”. Entre los lugares con urinario público estaba la plaza de los Bandos cuya columna mingitoria estaba discretamente situada tras la fuente, alejada de la calle Zamora.
Hubo intentos de urinarios de pago como el “kiosco de la necesidad” de la plaza del Poeta Iglesias, de elegante diseño, abierto por Dª Enriqueta González en 1907 y que fue de breve vida pues el pozo negro sobre el que vertía fue cegado en 1911 y el kiosco transformado en churrería.

A raíz del éxito en la construcción en 1910 de dos evacuatorios subterráneos en la Puerta del Sol de Madrid, verdaderos “gabinetes públicos de aseo” cuyo diseño pretendía evitar los “barracones” que afeaban las calles y dificultaban el tráfico, se generalizó el modelo por toda España. A Salamanca le tocó el turno en 1920, cuando el 3 de junio se inauguraron los evacuatorios subterráneos de la Plaza Mayor en las escaleras del arco del Toro, tras una larguísima construcción que comenzó en 1917 y la incautación por parte del Ayuntamiento de la obra que ejecutaba la Sociedad de Aguas y Saneamientos. Su apertura permitió la retirada de las cuatro denostadas “estaciones sanitarias” de la Plaza Mayor.
En los años siguientes se construyeron otros tres evacuatorios subterráneos en la calle de la Rúa, abierto el 23 de mayo de 1924, en las afueras de la Puerta de Toro, (Plaza de España) abierto de septiembre de 1923 y en la plaza de los Bandos que fue inaugurado el 20 de agosto de 1922 y dispuso de 4 plazas para aguas menores y tres para mayores, una de ellas de pago.
En 1931 se construyeron los evacuatorios subterráneos de la Puerta de Zamora realizados por la Nueva Sociedad General de Construcciones de San Sebastián que por esos años efectuaba las obras de saneamiento, red de alcantarillado y de distribución de aguas.

Nada queda, ni el recuerdo, de aquellos viejos urinarios que lucharon contra una buena parte de la suciedad de las calles de la Salamanca de ayer. Hoy, para aliviar un apretón callejero y tras muchos años de carencia, existen cinco urinarios públicos autolavables, automáticos y accesibles, administrados por una empresa privada concesionaria, cuyo uso tiene un costo de 0,20€ y un tiempo máximo de 10 minutos. Y parece que pronto habrá alguno más.

© C.H. fc 03/04/19 Rev. 01






El Excusado de la Plazuela de los Bandos



Los “excusados” de los que se va a tratar eran de construcción subterránea, con una pequeña superficie de luz cenital a través de placas translúcidas de vidrio reforzado, acceso por medio de escalera de piedra de unos quince peldaños, la habitación alicatada de azulejo blanco hasta el techo y el perímetro del hueco de acceso dotado de zócalo en piedra granítica, que soportaba barandilla de hierro, abierta por la parte delantera, manteniendo en alto una placa metálica, esmaltada en blanco, diferenciadora de sexos. Una puerta metálica al final de la bajada de escalera permitía el cierre nocturno de las instalaciones sanitarias, que un empleado o empleada vigilaba cuidando del orden y de su mantenimiento.

Uno de estos Servicios higiénicos estaba situado en la Plaza de los Bandos. El concurso para su instalación se celebró en mayo de 1921 siendo alcalde don José María Viñuela Corporales. Delante de la entrada del de Caballeros estaba situado el quiosco metálico para la venta de periódicos y revistas, de Felisa Herrero, quiosco que aún subsiste en la misma ubicación. Desde este punto y hasta la Central de teléfonos, se alineaban en la parte frontal de la plazuela unos canapés corridos de piedra y respaldo de hierro, que en los dos extremos y en el acceso central remataban en columna sobre la que descansaban artísticos jarrones metálicos, procedentes de la Plaza Mayor, donde lucieron desde 1869 hasta la década de los treinta en que se remodeló el conjunto.

Hacia el lado del quiosco, estos canapés servían de asiento al señor Domingo quien, con su carro de ruedas, vendía lo que hoy llama la chiquillería “chuches” y que entonces consistía en regaliz o palo santo, avellanas, garbanzos salados, almendras, entremozos salados, etc. A continuación, pasada la entrada central a los jardines, sentaba sus reales Antonio, “el Caramelero”, (al que, se conoce que por ser más joven, le apeábamos el tratamiento) y que con otro carro similar como tienda y despacho, hacía las delicias de los más golosos. En la temporada invernal, más hacia Teléfonos y fuera de los canapés, montaba su caseta de madera la señora Cesárea, guapa mujer, siempre vestida de negro, con pañuelo a la cabeza, toquilla sobre los hombros y mantón en el regazo, que atizaba con el fuelle o con el soplillo, la lumbre en un medio bidón de lata, donde asaba las ricas y crujientes castañas y en algún tiempo los socorridos boniatos, alivio del hambre de la posguerra. Cuando llegaba el verano, entre el señor Domingo y el quiosco de Felisa, se situaba el blanco carro de los helados de Venancio Díez, que también efectuaba venta ambulante, desde su obrador en la calle de José Jáuregui, pasada la calle de Padilleros, dando vista a la plaza del Campillo.

En el bordillo de la acera, fuera de los jardines y frente a lo que fue el Banco de España, existió desde 1929 un Aparato Surtidor de gasolina.
© José María Hernández Pérez