El platero Cándido Cambón, alias “Vidita”

Por José María Hernández Pérez
y César Hernández R.
14/01/2021 Rev. 00
Salmantinos olvidados III



No tenemos ningún retrato de Cándido Cambón, (a) Vidita, y bien que lo sentimos, nos hubiera encantado saber como era el semblante de este "personaje" de los que no abundan mucho. Dionisíaco, disparatado, delirante, hedonista, positivista, ocurrente, quijotesco,... no parece haber adjetivos suficientes para resumir la inefable personalidad de este hombre contrahecho y buena gente. Actor habitual de tertulias de café desde donde sus gracias y ocurrencias se extendían por toda la ciudad. Hosco y desabrido a menudo, pero al tiempo atrayente y muy querido.

Cándido Cambón Elena perteneció a una de las familias de plateros y joyeros salmantinos más representativas de los siglos XIX y XX, los Elena-Franquera; a la que también perteneció la saga de los Cordón. 


La platería de Cándido Cambón "Vidita" estaba en el n.º 1 de la calle de san Pablo, se correspondía con la puerta más
 cercana visible a la derecha en esta fotografía. Es posible que cuando D. Luis González de la Huebra dispara el obtura-
dor de la cámara para retratar a sus hijas en la calle de san Pablo (esta imagen no es más que un fragmento de aquella 
foto), Cándido Cambón se encontrara en su tienda. Nunca lo sabremos, pero en todo caso este es el animado ambiente 
que bullía en la zona de su entorno durante los primeros años del siglo XX.

El siguiente enlace contiene el árbol genealógico que acomoda a los protagonistas de la presente semblanza:





Cándido María Cambón Elena era hijo de León Cambón Holgado, abogado, militante del partido conservador, profesor de instituto, diputado provincial, institución de la que llegó a ser vicepresidente,... El 29 de agosto de 1886 participó en la junta de constitución de la Cámara de Comercio y fue miembro de la junta directiva inicial. Falleció el 2 de febrero de 1888 a las cinco de la tarde tras una larga y penosa enfermedad. Tenía un hermano llamado Andrés, en Alba de Tormes.

La madre de Cándido era Florentina Elena Pérez, hija del joyero Miguel C. Elena Ribadeneira que tuvo establecimiento en la plaza del Peso, san Justo nº2, al menos desde 1844. El matrimonio Cambón Elena tuvo cinco hijos: Julio María, León, Cándido, Purificación y Teresa.

La familia regentó, con el nombre de Cambón, la antigua platería situada en san Pablo 1, que fue conocida a partir de la muerte de don León como de “Viuda de Cambón”.

León Cambón Elena falleció el 20 de septiembre de 1889, año y medio después que su padre, con apenas 20 años, siendo alumno de cuarto curso de las facultades de Derecho y de Ciencias. Su íntimo amigo Teófilo Méndez Polo le dedicó una sentida elegía publicada en El Fomento del día 24 de octubre de 1889.

Julio María Cambón Elena, que al igual que su hermano León fue miembro de la Academia de Santo Tomás de Aquino, se licenció en Derecho por la Universidad de Valladolid en octubre de 1890 y comenzó a colaborar con el periódico salmantino El Fomento antes de marchar a Madrid, donde ejerció como abogado desde el 1 de mayo de 1900 y se decantó políticamente por el carlismo.

La madre, Florentina Elena, falleció, el 1 de marzo de 1900 con 54 años, Cándido Cambón Elena y sus hermanas continuaron manteniendo el negocio con el nombre de “Hijos de Cambón”.

Anuncio de la platería Hijos de Cambón en Gente joven, 
semanario literario ilustrado en mayo de 1905. El texto atrasa 
la existencia de la platería a 1841

De las hermanas de Cándido, Purificación fallece a la edad de 27 años, el 30 de septiembre de 1906, a causa de una pulmonía y Teresa se casó en 1915 con el comerciante Félix Muela y Moreno de Linares (Jaén) a dónde se trasladó a vivir. 

Julio María Cambón Elena, hermano mayor de Cándido, falleció en octubre de 1911 a la edad de 45 años dejando esposa, Pilar Cassón,  y cuatro hijos: Carmen, Consuelo, Carlos y Luis Cambón Cassón.

Del joven Cándido, no tenemos constancia que se dedicará al estudio como sus hermanos, pero sí nos consta su afición al biciclismo. Su salud no era buena y cayó gravemente enfermo durante varios meses en 1901. Cándido, como hemos adelantado, se encargó de la gestión de la platería familiar, aunque lo hiciera la mayoría de las veces fuera de los cánones admitidos para una buena dirección comercial.

La peculiar manera de llevar el negocio de Cándido llevaría al cierre del mismo en febrero de 1914, liquidando todos sus artículos con el 50% de descuento y traspasando el negocio a Castor González, corredor libre de comercio que termina de adquirir también el Hotel Suizo junto a Claudio Gambotti y que rápidamente pone la joyería en manos de Juan José Toribio Cordón de Blas que abre allí nueva tienda y taller en agosto de 1914.

José Cordón permaneció en el local que había sido comercio de los Cambón hasta 1933 cuando mandó derribar los inmuebles en la esquina de la calle san Pablo y plaza del Peso para construir el edificio, máximo representante de la arquitectura art decó de la ciudad, diseñado por el arquitecto Ricardo Pérez Fernández, en cuyos bajos instaló su negocio.

Entre la publicación de estas fotografías en el diario El Adelanto transcurrió poco más de un año. La de la izquierda, probablemente de Almaraz, se publicó el 20 de enero de 1933 y muestra el antiguo inmueble del n.º 1 de la calle de san Pablo donde estuvo la vieja platería de Cambón, ocupada desde 1914 por José Cordón; la de la derecha, con seguridad de Almaraz, se publicó el 1 de febrero de 1934, en ella el edificio que diseñó el arquitecto Ricardo Pérez Fernández en 1932 para el platero, y que ocupó el mismo solar en la confluencia de la calle san Pablo y Plaza del Peso, se encuentra muy avanzado.

En aquel tiempo, y  durante muchos años, estuvo en la calle de la Rúa 6 la joyería regida por Sebastián Elena Franquera, casado con Carmen Agúndez Fernández, que recibió el nombre de “Hijos de Elena”, siendo nietos del excelente platero y filigranista Jaime Franqueza e hijos de Estanislada Franquera Pastor, que ya viuda de Manuel María Elena Ribadeneira, Alfonso XII le concede el honor de Proveedora de la Real Casa y el uso del Escudo de Armas Reales en la muestra y facturas del Establecimiento de Platería que tiene Vd. en la ciudad de Salamanca.

Anuncio de Hijos de Elena aparecido en Una vuelta
por Salamanca
de  Modesto Pérez en 1909

Una hija de Sebastián Elena, Rafaela, casó con José Cordón de Blas el 24 de octubre de 1913. Sebastián Elena y Florentina Elena, la madre de Cándido "Vidita", eran primos carnales pues el padre de Sebastián fue Manuel María Elena Ribadeneira y el de Florentina, Miguel C. Elena Ribadeneira. Las dos familias se llevaron muy bien, manteniéndose la íntima relación hasta entre sus nietos, los hijos de Julio María Cambón Elena y los de Rafaela Elena.

De las aventuras y andanzas de Cándido Cambón tenemos breve cuenta gracias a unos pocos artículos aparecidos en la prensa salmantina. 

Es Rufino Aguirre Ibáñez quien en un artículo publicado en La Gaceta del 1 de setiembre de 1951 describe los avatares del peculiar personaje.



Vida disparatada y muerte triste de “Vidita”

Por R. AGUIRRE IBAÑEZ



LA SEMANA TERMINÓ AYER

Hablaba días atrás Francisco Bravo de la decadencia de las tertulias, lo que sin duda es verdad. Pero no porque seamos activos, más trabajadores que antes. Perdemos tanto o más tiempo en los cafés y los casinos que aquellos en quienes parecía que estaba pensando Bravo al escribir su artículo. Lo que sucede es que somos más aburridos menos ingeniosos cada día, habiéndonos tocado vivir una época tal de restricciones hasta en la inteligencia, que muy pocos consiguen superar. Las individualidades escasean o se diluyen en el anónimo montón. ¿Dónde están las figuras que pudieran competir en ingenio, agilidad mental y ánimo esforzado -y ello sin pararme a jerarquizar- con Manuel Rubio, Bonin, Eduaso, Pepe Onís, Fernando Felipe, Guillermo Sáez, Eduardo Aparicio, Madrigal,«El Chipi» y «Vidita»? El corte de cada uno de estos, como el de otros muchísimos salmantinos que poblaban y daban vida y movilidad a la tertulias era bien diverso. Cada uno tenía su personalidad todos animaban el cuadro de una Salamanca distinta a la presente, con la gala y el ornato de sus donaires y ocurrencias.

Cándido Cambón, por ejemplo, era un hombre extraordinario. Todavía siendo yo un mozalbete acerté a conocerle en la Sentina, cuando tímidamente nos asomábamos a Novelty por las fechas en que Sáez sacaba la cuenta a «Revive» de lo que este ganaba con un jamón vendido en bocadillos. Lo recuerdo como un hombre de cierta edad, quizás demasiado afectado preocupado por el bien vestir. Era más que medianamente cargado de espaldas, lo que pretendía disimular llevando siempre el brazo derecho, como en una «pose» teatral , metido debajo de la chaqueta, para hacer bulto que contrapesase el del lado opuesto. Su defecto físico era celosamente guardado en secreto por todos; nadie aludía a él y que se sepa, sólo una vez permitió a Berges que para probar si ello le servía con que salir de un apuro de dinero le pasase suavemente un décimo de la lotería por la espalda.

A Cambón todo el mundo le llamaba «Vidita», convirtiendo en patronímico al cariñoso apelativo que él daba a los demás; pero sólo autorizaba que lo hicieran sus amigos Si alguno que no lo fuera, se escurría, rápidamente era llamado al orden para que guardase las debidas distancias:

-«Vidita» soy sólo para mis amistades y a usted no le tengo catalogado.

Tenía una Platería donde hoy está Cordón y todos los de aquella época la recordarán con simpatía. No había en ella, incluyendo el escaparate, al que nunca se le quitó el polvo más que dos cálices y una custodia de plata. La única vez que un sacerdote despistado entró en la tienda con el ánimo resuelto a comprar los citados objetos del culto, no lo consiguió ni pagando su precio al contado. «Si los vendo, decía después «Vidita», ¿qué pongo en el escaparate? Creerán que me he arruinado o poco menos»

Arruinado no, porque para cubrir su presupuesto cotidiano de comida, vestido y de más -aunque en ningún caso con qué resarcirse de sus pérdidas en la ruleta- tenía y la plaza de profesor de Caligrafía en la Normal de Maestras para la que juntamente con Blas Santos Franco, le nombró Bullón tanto por sus habilidades pendolísticas como por su buena amistad con el diputado por Sequeros. Y para los casos de verdadera necesidad, enfermedades o malas rachas, allí estaban los amigos de siempre, que disimuladamente le metían un duro en el bolsillo sin que nunca aparentase darse por enterado. Durante mucho tiempo «Vidita» comió en el Suizo. Gambotti jamás pensó en pasarle la cuenta. Y cuando negoció el traspaso del Café - que lo tomó Castor un corredor de comercio, le saco en condición que «Vidita» había de seguir en la nómina de los clientes fijos, sin que nadie osase llamarle la atención sobre unas minutas de liquidación más que problemática.

El humor de «Vidita» era acre, sus reacciones vitales desconcertantes y en el fondo sencilla y naturalmente bueno. Recuerdo ahora, que cuando regresó de Niza Martin Veloz tenía en un dedo de las manos un brillante de categoría. Llegó a Novelty y deslumbró a la concurrencia. «Vidita» lo miró dijo sin darle importancia: «Mejor lo tengo yo». El asombro que aquello produjo ya puede suponerse

-¿Dónde? ¿Es posible? No lo creemos

- Lo tengo en la tienda. Vamos a verlo ahora mismo.

Y allá fue la tertulia en pleno. «Vidita» sacó de la estantería una caja envuelta en papel de seda con muchas cintas. La desató con cuidado casi femenino. Otra caja, como en los juegos de prestidigitación de los chinos, fue extraída parsimoniosamente. Nadie respiraba siquiera. Más papeles, más cintas y, por fin..., un catálogo. Lo abrió lo hojeó y señaló con el dedo:

- Aquí está. ¡El gran Mogol!

Podríamos contar cien y cien cosas del inefable, del gran hombre que fue «Vidita», de la supuesta radioactividad de su mirada, de las imaginarias conquistas que hacía, de cuando durmió a don Antonio Diez -otra figura interesantísima de aquellos tiempos -, y del banquete que le dieron en Novelty - con música de «La Corte del Faraón»- por no recuerdo que sabrosa aventura felizmente rematada. Pero vayamos al final. 

El final de esta vida absurda y disparatada fue triste. Porque le gustaba el mazagrán –y, claro, porque le pagó el viaje Gambotti, «Vidita» se fue a Lisboa creo que en el verano de 1921. Y tomando mazagrán en uno de aquellos incomparables cafés de la plaza del Rocío, se le perforó el estómago. No hubo manera de salvarle. Allí se quedó para siempre el bueno de «Vidita» haciendo un último gesto de desenfado a la existencia, que se le marchaba a bocanadas de sangre y de mazagrán mezclados. Pero dejó un testamento, protocolarizado formalmente, que le reveló como genial humorista y cuya lectura conmovió a los amigos hasta las lágrimas. Cuando ya nada tenia de todo aquello que había derrochado, encontró en el fondo de su corazón palabras amables para recordar a todos: a Salcedo, a Peláez, a Berges, a Villalobos, a Iscar..., que no les olvidaba en el momento de su despedida eterna. A uno le dejaba un Van Dick, a otro un reloj de oro que fue de Alfonso XII, a otro un Gobellinos, a otro dos tibores chinos, a otro una colección de abanicos pintados por Boucher y Watteau... Todo graciosamente inventado por la prodigiosa imaginación de Cambón que hizo en su testamento la última gran pirueta de su vida: aquella que le redimía con espléndida generosidad - él no tenía la culpa de que los objetos no existieran realmente- de todos los favores que había tenido que soportar de sus amigos.



Tras dejar la joyería, Cándido Cambón fue nombrado, en abril de 1914, oficial de la Comisaría regia de primera enseñanza de la provincia de Salamanca y ese mismo año, gracias a los buenos oficios de sus amigos, el abogado y concejal Blas Santos Franco y el diputado a Cortes por Sequeros Eloy Bullón, fue nombrado profesor interino de caligrafía en las Normales de Maestros y Maestras, dada su habilidad como excelente pendolista. Fue representante en Salamanca de la compañía de seguros La Equitativa de los Estados Unidos de Brasil, junto a Avelino Ortega y en junio de 1917 obtiene por oposición la plaza de tasador de alhajas y ropa en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca.

Su mala salud persistía, obligándole a estar postrado en cama varios meses durante 1920 y 1921. Su amigo Gambotti le pago un viaje a Lisboa en el verano de 1921 y el 31 de agosto de 1922, en uno de los cafés de la Plaza del Rocío, tomando mazagrán, al que era aficionado, se le perforó el estómago y llevado a su hotel donde, al parecer, se le negó la entrada, fue conducido a una sala de pago del hospital de San José, donde no superó la operación practicada y falleció.

Como demostración de que era un fiel devoto de Epicuro tenemos lo que publica EL ADELANTO de 24 de noviembre de 1931 en su sección “Dicen que dijeron…”:


AL QUE MADRUGA DIOS LE AYUDA 

Había no hace mucho tiempo una platería (hoy transformada)  en la calle de San Pablo, cuyo dueño, conocido entre sus amistades por "Vidita", disfrutaba siempre envidiable buen humor, aunque las circunstancias fuesen adversas para él, bien porque apenas entraba un alma en la tienda, pues ésta no se abría hasta las once o las doce de la mañana para mayor comodidad de su dueño. 

Como se quejara éste a su amigo de la poca venta que tenía, se atrevió el otro a darle un buen consejo, diciéndole que por qué no abría la tienda antes como todos los establecimientos lo hacían y le contestó el platero con su eterna jovialidad: 

— Pero vidita, ¿es que crees que yo tengo una buñolería?


Otra muestra, en la misma sección, el 24 de diciembre de 1931:


LA CUSTODIA DE "VIDITA" 

Leyendo en la sección de "Dicen que dijeron" de EL ADELANTO, un chiste de "Vidita", voy a referir otro a nuestros lectores.

En la joyería que en una calle céntrica de Salamanca poseía "Vidita", apenas si quedaban cosas de valor, excepto una hermosa custodia que lucía en el centro del escaparate. 

Acertó a pasar por allí un sacerdote, a quien le gustó la custodia y entró a pedir precio por si le convenía, y el joyero le pidió por ella cinco o seis veces más de lo que valía. Indignado el sacerdote ante aquello que no tenía otra apariencia que un intento de timo, se enfadó, recriminando al joyero, el cual le contestó: "Perdone usted, padre, pues tiene usted mucha razón en enfadarse; pero comprenda que si le pido lo justo y me lleva usted la custodia, ¿qué me queda entonces en la tienda?". 


En EL ECO ESCOLAR de 17 de marzo de 1918, firmado por Pedregal:


La revisión de los valores

También aquí tenemos nuestro poquitín de vista y sabemos buscar los elementos salmantinos que pudieran con su trabajo y con el esfuerzo de su esclarecido cerebro, salvar al país de la conmoción que le amenaza.

Ayer nos tropezamos con uno de esos «pies derechos» necesarios para apuntalar las columnas del edificio nacional e inmediatamente nos pusimos al habla con él: D. Cándido Cambón, nos tuvo colgados de su boca - esto es un decir -mientras exponía su opinión autorizada contestando a nuestras preguntas.

-¿...?

Yo tuve una platería— neé la buñolería— dónde se reunían mis amigos a comentar los sucesos del día.

-¿...?

Sí es verdad, me extrañaba que no pidieran mi parecer, y que Rayo o algún otro no se acordara de mi humilde, si que también flamante, persona; -¡ay vidita!- yo soy un hombre de gustos refinados y cultura sólida; mi afición predilecta fue la alquimia, la medicina y las matemáticas, hoy soy más bien feminista, conozco las prendas que adornan a la mujer, no por mi empeño sino por el de ellas y domino a la perfección el ars amandi aumentado por la fuerza hipnótica de mi potente, visual mirada transversal, recta u opaca que yo lanzo, dama herida que se rinde y pide parlamento para capitular honrosamente.

Don Cándido tiende al viento las alas de su fantasía y de su lengua (coloradita y flexible), vierte chorros de inspiración.

-¿...? 

Ya lo creo, atienda un instante el señor repórter y reparando en mi adonisíaco talante, figúrese una Nice del Leonio, envuelta en su albo manto; encadenadas a mí por las doradas telas metálicas que Cupido caprichoso teje. 

Mas ¡ah!, ingrata en un momento de alución febril, cedió al sentimiento de fementido galán que a librarla vino del dulce encantamiento en que sumida estaba! ¡Voto a Hércules!, a ese Perseo inoportuno, no he de permitir cobijo ni amparo aún en mismo fondo de la tierra, hasta que su tizona con la mía se entrelace en desigual y tremenda lid cual corresponde a denodados caballeros.

-¿...? 

- Por Dios, eso, eso; el alcantarillado y los barrenderos no me ensimisman: estoy ahíto de problemas municipales; bien que se ocupen de ellos los renegados del vivir. Yo me digo: ¿qué ganarán los concejales, diputados y senadores, que tanto se pelean por serlo? Me anonado ante la novedad y profundidad de pensamiento que acabo de expulsar.

-¿...? 

— ¿La patria? Si necesita de mi esfuerzo y de mi sacrificio, aquí estoy, dispuesto a sucumbir por ella: claro es, que esto lo dicen todos los políticos, pero yo como no lo soy y sé tasar admirablemente, he descubierto que en el estado actual de cosas, no es oro todo lo que reluce...

Don Cándido evoca melancólicas añoranzas (que diría un intelectual), y entra en éxtasis místico entornando suavemente sus párpados soñolientos: nosotros de puntillas, abandonamos el salón por no distraerle de sus transportes anímicos. 

Jaculatoria: Señor Cambón, por piedad, deje usted el monte y éntrese en la ciudad.


Obsérvese la perspicacia del periodista remarcando las palabras que hacen referencia al oficio del platero, en aquellos momentos tasador de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca.

 


 


BIBLIOGRAFíA

La congregación de plateros de Salamanca.- Manuel Pérez Hernández. 1990

Joyería Cordón.- Cuaderno del Museo del Comercio, n.º 22.

Derecho de la mujer a la joyería tradicional salmantina.- María Eugenia Bueno Pastor. 2015

Memoria de la Junta de Calificación de los Productos de la Industria Española. Exposición de 1828.

Id.     id. 1841.

Catálogo de los Productos de la Industria Española. 1828.

Id.     id. 1841.

Una vuelta por Salamanca.- Modesto Pérez. 1909

Prensa nacional y salmantina.