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Calle de Ribera del Puente y Cruz del Río



Constituye el último reducto del antaño populoso barrio de Santiago o de Curtidores. Sus edificios de 3 o 4 plantas, cuyas primitivas construcciones datan de los siglos XV al XIX, adosan sus patios a la muralla para orientar sus fachadas al Tormes. La calle se extiende desde la Puerta del Río hasta la cuesta de San Juan del Alcázar manteniéndose paralela a San Gregorio y separada de ésta por una meseta o acera elevada y parapetada como protección por las fuertes diferencias de alturas. El intenso ajetreo urbanístico de la zona de los últimos 150 años hizo desaparecer sus números impares, que nunca fueron muchos. La evolución del viejo entramado callejero, mucho más tupido e intrincado que el actual, pudo haber fundido esta calle con otras de las que hemos perdido ubicación como la calle de la Celestina, la del Judío Uguero o la de las Airosas (el parcelario de la II República la identifica con la de San Juan del Alcázar).

El barrio de Santiago comenzó su declive con la desaparición a mediados del siglo XX de las empresas de curtidos que habían sido el sostén económico del barrio. En la década de 1960, el deterioro de sus viviendas y calles era ya tan ostensible que empujó a los habitantes a trasladarse a los nuevos barrios obreros de la ciudad nacidos del desarrollismo siendo sustituidos por clases sociales más pobres y marginadas apenas capaces de pagar los alquileres, tan bajos que no permitían a los propietarios el mantenimiento de las viviendas en estado digno.
El Decreto 2920/1975, de 31 de octubre, por el que se declaraba la expropiación forzosa de los bienes necesarios para la ejecución de las obras de la Ronda de Circunvalación y de la Gran Vía-Parque, supuso el golpe definitivo que llevó a la desaparición del barrio llevada a efectos en 1978. Nunca, ni en aquel momento, se demostró el beneficio de tal pérdida pero a modo de compensación no tardó mucho el Plan Especial de Protección y Reforma Interior del Recinto
Universitario y Zona Histórico-Artística aprobado en 1983 en conceder subvenciones para rehabilitar los edificios catalogados entre los que se incluyeron las casas de la Ribera del Puente.

Extramuros, frente a la Puerta del Río, estuvo la parroquia de San Gil. La iglesia erigida en 1265 debió ser derribada a finales del siglo XIV para ayudar a la defensa de la ciudad en la guerra contra Portugal, siendo señalado el lugar que ocupó por una cruz elevada sobre una columna corintia de buena hechura de finales del siglo XV o principios de XVII (F. Araujo, “La Reina del Tormes”).
No nos consta que sirviera de picota aunque sí se expusieron miembros descuartizados de algunos reos en la Puerta del Río para servir de ejemplaridad general.


Calle de la Ribera del Puente en el plano
basado en Francisco Coello de 1858 y en 2012
















Un récord que nunca llegó al Guinness
Fotografía de la Ribera del Puente de autor desconocido y fecha incierta



D. Emeterio Vicente tuvo una taberna en la avenida del Rector Esperabé, de cuyo humilde comercio, establecido a mediados de la década de 1910, dejó constancia, ¡que sepamos!, una delirante apuesta y esta fotografía.
Eran tiempos, no tan lejanos, en que todavía el vino se transportaba en odres o pellejos de piel curtida de macho cabrío y se media por cántaras de ocho azumbres cada una, divididos a su vez en cuatro cuartillos de diez y seis copas. Se servía directamente en vasos desde los odres y se utilizaban embudos para llenar damajuanas, garrafones o frascas. Una vez vacíos se devolvían para adquirir otros llenos, como hoy ocurre con los barriles de cerveza o las botellas de butano.

La apuesta la lanzó, un frío día de enero de 1932, D. Higinio Pablos, de oficio distribuidor mayorista de vino, que animado, tal vez, por los efluvios de tan singular líquido y/o por el profundo conocimiento que tenía de su oficio, estimó posible acarrear desde el establecimiento de su propiedad situado en la Avenida de Rodríguez San Pedro, hoy avenida de Comuneros, casi en el Alto de Rollo, veinticuatro odres de vino cargados en carros tirados por mulas, descargarlos en el patio del establecimiento de D. Emeterio y regresar al punto de salida en menos de 46 minutos, dedicándose a la tarea tres personas y sin correr.
El envite no cayó en saco roto, sino que fue aceptado por D. Juan Sánchez y D. Francisco Peix, industriales de la plaza y conocedores también de las dificultades del transporte de mercancías, aunque no precisamente de vino, que vieron en el reto la oportunidad de disfrutar de "gorra" de una buena cena, bien regada con el vino de su amigo. Tal vez, se les escapó a los protagonistas la apuesta de las manos, que fue comentada y animada por compañeros de los gremios de los implicados, llegando incluso a oídos de la prensa, hasta el punto de que no quedó más remedio que llevarla a afecto.
Eran las cinco de la tarde de un día de finales de enero cuando dos carros con veinticuatro pellejos de vino y un total de 2.650 litros salieron desde el Alto del Rollo conducidos por D. Higinio Pablos, su hermano y un dependiente. Recorrieron la avenida de Rodríguez San Pedro, el paseo de Canalejas y del Rector Esperabé hasta la taberna de D. Emeterio, descargaron en su patio el contenido de los carros y al terminar, regresaron por el mismo camino hacia el punto de partida. Uno de los carros tardó 30 minutos en completar la tarea y el otro dos minutos más, cerrando la prueba con un récord de 32 minutos. No tenemos constancia de que tal proeza se volviera nunca a realizar, pero dudamos que actualmente con unos buenos furgones de reparto y medios mecánicos de descarga pudiéramos acercarnos a ese tiempo.
Sea como fuere, los implicados dieron buena cuenta de viandas y caldos servidos en la cena que, con buen humor, se celebró por el evento en el establecimiento de D. Emeterio Vicente.

Al fondo de la imagen, tras el carro tartana de D. Emeterio, se encuentra el edificio con fachada de piedra franca y porte dieciochesco, actual nº 30 y nº 32 de la calle Ribera del Puente, que encaraba al espacio abierto frente a la entrada del Puente Romano que, en tiempos del barrio de Santiago, recibía el nombre de plazuela del Puente.

Fuente: El Adelanto del 24 de enero de 1932
C.H. fc 27/12/16 Rev. 00



La cruz del Río y el recuerdo de la iglesia de San Gil. Fotografía de Walter Schröder en el Bildarchiv Foto Marburg.



Impresiona la calidad y belleza de esta imagen obtenida en formato 9x9 por el fotógrafo alemán Walter Schröder. El lugar, captado de manera recurrente por turistas, fotógrafos aficionados y profesionales, se ha convertido en una de las postales más típicas de la ciudad. La imagen nos sirve además para retomar el tema de las cruces o cruceros, hoy prácticamente desaparecidos de la ciudad y de los que al menos se conocen trece ubicaciones en diferentes épocas.

A finales del siglo XVIII, el arquitecto Jerónimo García de Quiñones reflejó en su plano de la ciudad de Salamanca la situación de diez de ellas. Estas cruces se colocaban con diversas finalidades que, en general, nada tenían que ver con picotas o ajusticiamientos. La cruz de término o humilladero, colocada en las entradas de ciudades o villas, era el tipo más común de crucero y su finalidad no era más que resaltar la religiosidad y la fe del lugar en que se encontraba y, en cierta forma, pretendía mantener alejado el mal de la población. La cruz de Calvario, como hito señalizador del camino con el que el cristianismo rememora la pasión de Jesús, corresponde con otro tipo de cruz ausente en Salamanca, aunque de una manera similar la cruz del parque de San Francisco sirvió desde antiguo para representar el acto del Descendimiento en la Semana Santa. La conmemoración de ciertos hechos o la señalización de un lugar religioso desaparecido son otras de las finalidades para el levantamiento de cruces. Como ejemplo de este último caso tenemos en Salamanca la cruz de San Cebrián, antiguamente colocada en la plaza de Carvajal para el recuerdo de la desaparecida iglesia de San Cebrián cuyos restos conocemos hoy como Cueva de Salamanca. Esta cruz, junto a otras, fue trasladada en 1832 al Cementerio que en aquel entonces estaba en construcción y según parece allí sigue. No se acaban con esto los propósitos de las cruces, según la profesora Rupérez Almajano en su libro “Urbanismo de Salamanca en el siglo XVIII” algunas de las cruces urbanas levantadas en Salamanca tuvieron fines higiénicos al impedir a los vecinos, apelando a su espíritu religioso, arrojar basuras en ciertos lugares, tal parece ser el caso del crucero levantado en la confluencia de las calles Sordolodo (hoy Meléndez) y Compañía o la cruz que se instaló junto a la desaparecida ermita del Cristo de la Estafeta (inmediaciones de la plaza de San Isidro, calle Francisco Vitoria).

La cruz del Río, de estilo renacentista, fue probablemente labrada a finales del siglo XV o principios del XVI (F. Araujo, “La Reina del Tormes”). Presenta hacia la ciudad la talla de un Cristo Crucificado y hacia el río la de la Virgen. Su finalidad bien pudo ser como cruz de término o humilladero pero creemos que existen muchas más posibilidades de que su verdadero propósito fuera el recordatorio del lugar en el que estuvo enclavada la desaparecida iglesia de San Gil. Esta parroquia, erigida en 1265, se menciona en el Fuero de Salamanca y otros documentos del siglo trece. Se cree que fue derribada a finales del siglo XIV, por orden del Concejo, junto a una serie de casas adosadas a la muralla que formaban parte de la calle llamada Rúa de San Gil, entre la puerta del Río y la puerta de San Pablo, con objeto de facilitar la defensa de la ciudad ante los conflictos bélicos que se vivían entonces con Portugal.

¡Este fue, que sepamos, el primer derribo de las casas de la muralla!
 C.H. fc 27/03/17 Rev. 00


Salamanca nevada 
Autor desconocido, 1952



Las imágenes de Salamanca con un abundante manto de nieve son poco frecuentes, pero en absoluto extrañas. Es el caso de esta fotografía que además de admiración por su belleza, provoca temor por la seguridad del anciano que, sin duda movido por alguna acuciante necesidad, se atreve a caminar sobre el deslizante suelo de la empinada cuesta de la Ribera del Puente. Eran otros tiempos que la memoria colectiva, sin necesidad de datos termográficos, acusa de ser más fríos que los actuales.

Tras el pretil de protección de la rampa, más allá del visible fuste de la Cruz del Río, enclavada en donde primero estuvo la iglesia de San Gil, y más allá del carromato con cántaras detenido en la calle del Rector Esperabé, se perciben los restos de un desestructurado, pero aún reconocible, barrio de Santiago desaparecido en 1978 cuando se creyó necesaria su eliminación para el mejor disfrute de la monumentalidad de la ciudad. Su derribo se llevó a cabo sin el menor respeto a la trama urbana tradicional del centenario arrabal; que probablemente hoy, después de un necesario acondicionamiento, se hubiera convertido en un atractivo turístico más y tal vez no el menos importante.
Perfectamente reconocible es el edificio, de estilo ecléctico, con fachada revocada, ventanas con recerco de ladrillo y pináculos en su cornisa, que fue construido a inicios del siglo XX para servir de fábrica de curtidos, en otros tiempos industria preeminente en la ciudad.
En 1956 fue redistribuido, según planos del arquitecto D. Francisco Gil, para servir como primer colegio en Salamanca de la Orden del los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, más conocidos como Escolapios. Ese mismo otoño se puso en marcha el nuevo colegio Calasanz con 150 alumnos, la tercera parte de ellos gratuitos.
Actualmente el edificio continúa con funciones sociales y educativas como Casa Escuela Santiago Uno dentro de la misma Orden Religiosa y, junto al Museo de Automoción y el Casino del Tormes, ejemplariza lo que pudiera haber sido la reutilización de la vieja trama urbana del barrio de Santiago.
 C.H. fc 22/05/17 Rev. 00



Juegos de niños en el barrio de Santiago*
Fotografía de autor desconocido. N.A. Netherlands


No hay duda de que el lugar es uno de los más representativos y fotografiados de la ciudad, razón por la cual le hemos dedicado algunas entradas en esta página y sin duda dedicaremos más. Pero no hemos escogido esta escena por su singularidad urbanística o artística sino por ofrecer una encantadora estampa de juegos infantiles, circunstancia que se repitió desde tiempos inmemoriales en la mayoría de las calles de la ciudad. Hubo épocas en que la ausencia de lugares adecuados y seguros convirtió cualquier plaza, calle o solar abandonado en improvisado recinto de juego, lugares que los padres de hoy, y con razón, rechazarían horrorizados. Hoy parece que han desaparecido de las calles los gritos y las risas de los niños, su algarabía, sus cantos y sus lloros, sin embargo los niños siguen jugando y siempre lo harán.
El juego es una actividad necesaria para el niño que ayuda al aprendizaje y estimula el desarrollo intelectual, psicológico, sensorial, motriz y social. El juguete es un objeto que favorece el juego, ayudando a la recreación de situaciones que potencien su función. Esencialmente es un ensayo para la vida y favorece la inclusión del individuo en un determinado colectivo y aunque haya ciertos valores que permanecen constantes en toda sociedad humana hay aspectos que van cambiando bajo la influencia de recursos como la tecnología, la cultura, la economía, la política, etc. Y esto repercute en la evolución de los juegos que cambian, desaparecen y surgen nuevos.
Hubo tiempos, largos y todavía cercanos, de grandes carencias en los que los juegos eran simples y solo necesitaban la presencia de los niños y si acaso los juguetes eran gratuitos, bastaba una piedra, vistas o chapas, normalmente desechos inservibles, o muy baratos como las bolas, gomas, cuerdas o peonzas. La lista de juegos es extensa, juegos de corro, juegos de comba, juegos sentados, juegos de actividad física, como “la maya”, el “pati” o el “marro” y a veces inconscientemente peligrosos como las “dreas”. Además los juegos cambiaban con las estaciones según las condiciones climatológicas y el estado del suelo, sólo en tiempos de lluvia se jugaba al “clavo”.
Pero no todos los juegos “tradicionales” se han perdido, muchos aún se puede ver y oír en parques y patios de colegio y conviven con otros juegos más tecnológicos como corresponde al mundo en que tendrán que vivir los niños de hoy. Sirva esta imagen de homenaje a "la calle" que ejerció, a falta de lugares más adecuados, de salón de juegos infantiles y sirva de breve recuerdo de una multitud juegos perdidos a causa del imparable avance de los tiempos.

* Conocido también como arrabal de Curtidores o arrabal del Río (no arrabal del Puente o sencillamente el Arrabal al otro lado del puente romano)
 C.H. fc 17/07/17 Rev. 00



La plazuela del Puente, nudo de comunicaciones.
Fotografía de autor desconocido en la década de 1930

Las casas de la derecha en esta imagen, destartaladas y de evidente antigüedad, fueron pronto sustituidas por otras que, a su vez, desaparecieron en 1978 cuando se derribó casi por completo el barrio de Santiago. Las casas de la izquierda, en la calle de la Ribera del Puente, remozadas o emuladas, se conservan hoy evocando el aspecto de aquel barrio que fuera principalmente de curtidores.

La imagen, probablemente, fue captada por un turista anónimo en las primeras décadas del siglo XX cuando la fotografía llegó a ser asequible, técnica y económicamente, a las clases medias y, poco a poco, el turismo se convertía en algo habitual. El papel fotográfico que la soporta es un Gevaert Ridax con medidas de 6,8 × 11,3 cm, aunque en este caso son ligeramente inferiores al haber sido guillotinados los bordes dentados. Fue fabricado por la empresa belga Gevaert, fundada en 1894 y fusionada con Agfa en 1964, y, al parecer, comercializado entre 1930 y 1939 lo que nos proporciona un acercamiento a la fecha de su toma. Además, se aproxima en el tiempo y en el espacio, pero no en calidad, a una conocida fotografía de Cándido Ansede, publicada en 1928, con la mayor salvedad de que en nuestra imagen parecen efectuarse en ese momento obras de pavimentación y alcantarillado con un profundo descenso de las rasantes.

En los años treinta, la mejora de la carretera de Circunvalación para permitir un fácil rodeo de la ciudad siguiendo el exterior de la desaparecida muralla era la obra más necesaria en Salamanca desde el punto de vista viario, muy por delante del proyecto de apertura de la Gran Vía que siempre fue de dudosa utilidad. En 1935 se alcanzó este objetivo al urbanizarse, tras cederse al Ministerio de Obras Públicas, la travesía por la ciudad de la carretera de Salamanca a Fermoselle, más conocida como carretera de Ledesma. Esta comenzaría desde entonces en el puente Romano y para ello se efectuaron las correspondientes obras en el paseo de Carmelitas, San Vicente, Desengaño, San Gregorio y plaza del Puente.

Este último espacio, hoy desaparecido, se conformó como plazuela a mediados del siglo XIX cuando se derribaron algunas casas para dejar espacio al paso de carros y carruajes que la "nueva" carretera de Madrid (1843) traería al alcanzar la ciudad atravesando el río por el puente Romano, rompiendo radicalmente con el antiguo camino hacia Madrid que se iniciaba en la zona norte y evitaba el cruce del Tormes. Esta carretera formó parte de la carretera estatal de 1º orden de Villacastín a Vigo por Ávila, Salamanca, Zamora y Orense y su travesía por la ciudad tendría importantes consecuencias urbanísticas. En su primer trazado pasaba por la puerta de San Pablo hasta alcanzar la Plaza Mayor, que atravesaba para continuar camino hacia la puerta de Zamora. Más tarde, en 1860, el trazado se varió haciéndola discurrir por la carretera de Circunvalación que rodeaba la ciudad por el este (Canalejas, Alamedilla, Puerta Toro, Mirat). Por esta razón el paseo del rector Esperabé fue conocido como carretera de Villacastín a Vigo hasta que en 1907 se le dio su nombre actual. En esta denominación se incluía el actual Paseo de Canalejas que no fue así llamado hasta 1912 y, por supuesto, el Paseo del Espolón, topónimo hoy olvidado y que nombraba a la empinada cuesta que unía ambas vías (Cuesta de los Locos).Todavía hoy varias poblaciones por la que pasó esta carretera conservan para alguna de sus calles esta denominación toponímica.
 C.H. fc 09/05/19 Rev. 00


Calle de Tentenecio


Enlaza, en empinado trayecto, la Puerta de Carros del Claustro de la Catedral Vieja (por donde la tradición hacía salir a los estudiantes suspendidos) con la desaparecida Puerta del Río de la Cerca Vieja, comunicando el Teso de las Catedrales y la Ribera del Tormes.
Su irregular delineación aún evoca el laberíntico trazado de la desaparecida judería, cuyos ecos urbanísticos resonaron hasta bien entrado el siglo XX. La Puerta del Río fue, antaño, el principal acceso a la ciudad, hasta que el desplazamiento de las zonas mercantiles dio mayor importancia a la más cómoda y rápida Puerta de San Pablo. 
Documentos de principios del siglo XV, la nombran calle de Santa Catalina, nada extraño por la cercanía de la capilla del mismo nombre en el Claustro de la Catedral Vieja, fundada en el siglo XII y ampliada y reformada en el XV. 
La tradición señala esta calle como el lugar donde el agustino Fray Juan de Sahagún, a la postre santo y patrono de la ciudad, realizó el milagro de detener un toro desbocado con la frase “Tente, necio”. La fusión de las palabras de tan famosa frase, nombró la calle durante siglos; hasta que a mediados del siglo XIX, el Ayuntamiento decidió llamarla calle de San Juan de Sahagún y así permaneció hasta que el 4 de octubre de 1937 se le devolvió el tradicional nombre de Tentenecio.
Hoy la calle es recorrida por cientos de turistas que rememoran, con su trajín, el viejo deambular entre el Puente Romano y las Catedrales.


Calle de Tentenecio en el plano basado en
Francisco Coello de 1858 y en 2012
















La Puerta del Rio


La Puerta del Río, abierta en la zona sur de la Cerca Vieja, tuvo un origen incierto. Fue también conocida como Puerta de Hércules y Puerta de Aníbal, la primera denominación está basada en la tradicional fábula sobre la fundación de la ciudad por el héroe mitológico griego y la segunda en la toma de la, todavía dudosa, ciudad de Salmántica por el Cartaginés Anibal, escrita por Plutarco muchos años después del supuesto hecho. Estas denominaciones confieren a la puerta una antigüedad que no parece adaptarse a los datos conocidos.

Puerta de Anibal, J. Laurent y Cia


A lo largo de su historia, la ciudad de Salamanca ha estado amurallada en sucesivas etapas, desde la época celtibérica hasta la época moderna. Los diversos recintos amurallados siempre parecen haber mantenido un trazado común en los escarpes de la ribera del Tormes al sur de la ciudad antigua, aunque no necesariamente superpuestos.
La vía de la Plata, o de Guinea en época medieval, atravesaba la ciudad de sur a norte, determinando durante siglos la mayor parte de la actividad económica y mercantil. Sobre cuál pudo ser el acceso principal a la ciudad por el sur, existen diversas hipótesis, intuyéndose incluso que fue variable en el tiempo, cambiando su posición de oeste a este. Así, en época celtibérica pudiera ser que la entrada principal estuviera establecida por la puerta que después se llamaría Puerta de San Juan del Alcázar, en la ladera de la Peña Celestina. En época romana, e incluso bajomedieval, en donde la calle principal era nuestra actual calle de Libreros, el ingreso más popular estaría probablemente en la puerta que posteriormente conocimos con el nombre de Postigo Ciego, que como sabemos ya estaba cegado en el siglo XIII, y establecería un acceso en línea recta entre el Puente Romano, la calle Libreros y la Puerta del Sol, situada en la actual confluencia de la calle de Serranos y la Rúa. En época altomedieval, la importancia cobrada por Santa María de la Sede y el Azogue Viejo probablemente trasladó el acceso principal hacia la Puerta del Río y es en esta época en la que podemos suponer la fecha de construcción de esta puerta. Por último, en época moderna, la construcción de la Catedral Nueva, que ocupó gran parte del espacio del Azogue Viejo, provocó el traslado del mercado a la zona exterior de la Cerca Vieja en las cercanías de la Puerta del Sol y más tarde a la Plaza de San Martín, lo que motivaría que cobrara más importancia, por rapidez y comodidad, el acceso a través de la Puerta de San Pablo y la calle Palominos.
Aún moviéndonos en términos de conjeturas, existen algunas pruebas que corroboran lo anterior. Así, refiriéndonos a la Puerta del Río, Gomez-Moreno determinó la construcción de esta sobre el siglo XII , al encontrar marcas de cantero en sus restos similares a las marcas encontradas en reparaciones del Puente Romano documentadas en esa época. Además, los análisis estratigráficos de los muros adyacentes a la Puerta del Río realizados recientemente, verificaron la existencia de  paramentos del periodo de fundación de la muralla medieval, asentados sobre la roca madre natural, y datados con posterioridad al siglo IX, lo que indica la imposibilidad de la existencia de la puerta con anterioridad.
En otro orden de cosas, la cercanía de la Puerta del Río al Azogue Viejo y la constatación, en época medieval, de una gran abundancia de tiendas y bodegas en sus inmediaciones son excelentes testimonios de su importancia.
A pesar de su pérdida de relevancia, la puerta resistió, aun con muchas modificaciones, hasta el inicio del siglo XX. Por el mal estado en que se encontraba en 1881, el Ayuntamiento de Salamanca especuló sobre su derribo, encargando a la Comisión Provincial de Monumentos la determinación de su valor histórico y estético. El dictamen emitido por esta el 6 de mayo de 1881 y firmado por D. Manuel Villar y Macías y D. Modesto Falcón se expresó en estos términos:

“La subcomisión nombrada por V.S. para informar sobre la proyectada demolición de la llamada Puerta del Río, debe manifestar con lisura que no halla razón alguna que oponer á la demolición intentada.
Ni consideraciones artísticas, ni recuerdos históricos abona la conservación de esa Puerta. Ella no es seguramente un modelo de buen gusto; y aunque una oscura tradición señala á esta Puerta, como el punto por donde el general Cartaginés, Anibal, hizo su entrada en la ciudad, después de haberla sometido; ni la tradición está confirmada, ni ella afirmó jamás, que sean contemporáneos á Anibal los muros y los arcos que actualmente forman este ingreso.
Todo por el contrario parece demostrar que la Puerta del Río, tal como hoy se encuentra, no alcanza una antigüedad mas remota que la de la repoblación de Salamanca en principios del siglo XII. Tiene á su parte exterior esta Puerta un arco ligeramente apuntado, formado por pequeñas dovelas de poca altura y menor espesor, cuya disposición y calidad de materiales hacen involuntariamente recordar las puertas que hasta hace algunos años hemos conocido con los nombres de Puerta de Toro y Puerta de Zamora. El interior de la del Río se cubre con una bóveda de medio cañón que en manera alguna puede atribuirse a los romanos del Imperio; pues como dice muy acertadamente el Sr. arquitecto del Municipio, ni los romanos emplearon en sus construcciones monumentales la piedra arenisca, ni fiaron á menudos dovelajes la subsistencia de sus obras que destinaban a la posteridad.
Esta bóveda debe ser de más moderna época que el arco exterior y probablemente se construyó para afirmar sobre ella la casa que mantiene encima, como lo indican los muros laterales que la sustentan por el lado de naciente y las impostas con que terminan estos muros.
No existe, por lo tanto, á juicio de esta subcomisión dificultad alguna en que se derribe la Puerta del Rio y desaparezca con ella uno de los vetustos ingresos que empobrecen y afean la población.”

En 1894, la Alcaldía de Salamanca informó a la Real Academia de la Historia sobre su intención y esta, tras solicitar fotografías y el informe de la Comisión Provincial de Monumentos, accedió al derribo.



Carta enviada por el Ayuntamiento de Salamanca
a la Real Academia de la Historia fechada el
13 de marzo de 1894.

El 18 de diciembre de 1901, tras un expediente de ruina el Pleno del Ayuntamiento acordó por unanimidad el derribo de la Puerta del Río, llevándose a efecto en agosto de 1902.

Otras notas:

  • Las referencias documentales (ACS, cajón 3, leg 3, n 45; AHN, Sec Clero, Carp. 1887, n 19) señalan la existencia de una fortificación en la Puerta de Rio, aunque las intervenciones arqueológicas de la zona no han podido corroborar este dato.
  • Algunos estudiosos han querido ver en el cercano solar del Corral de Hércules la preexistencia de un templo en honor al mítico Hércules, otros sin embargo lo niegan categóricamente. Muchas otras ciudades españolas reclaman el honor de ser fundadas por Hércules, sin duda en emulación de las clásicas ciudades griegas y romanas cuyos orígenes son generalmente atribuidos a seres mitológicos. Viejos tratados aseguran la existencia de cuarenta y tres Hércules, dos de los cuales estuvieron en territorio español, el Egipcio o Líbico y el Tebano y entre sus visitas una diferencia de mil años (¡!).